viernes, 20 de marzo de 2009

¿Algo que objetar? (I)


Un artículo de Santos Ochoa Torres


"Educad bien a los niños para no castigar a los hombres"
Pitágoras


Hace poco más de un año escribí un artículo que titulé “Los privilegios de la iglesia católica” en el que sobre todo analicé la absurda polémica que la Conferencia Episcopal Española (EEC) había montado (y nunca mejor dicho) contra la asignatura de Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos (EpC), hoy ya implantada en más de veinte países europeos. En aquel momento decidí no volver a tratar el tema, quizá un tanto harto de él. Los acontecimientos desde entonces, la reciente sentencia del Tribunal Supremo y algunas manifestaciones posteriores a esta de personajes de la vida pública me obligan a escribir sobre él de nuevo.



¿Contra qué? o ¿contra quién?


Hace ya tres años desde que la iglesia católica, algunas asociaciones afines a ella y el propio PP en bloque, originaron esta controversia. Desde entonces nunca han explicado con claridad en qué aspectos de los reales decretos se atenta contra el derecho de los padres. Y en todo este tiempo, tampoco parecen haber reparado en que un padre no tiene todos los derechos sobre sus hijos aún perteneciéndole su custodia, de hecho el estado interviene muchísimas ocasiones para quitársela si se dan determinadas circunstancias.

Sobre la educación del hijo del vecino todo el mundo es experto, y no sé lo que los obispos pueden saber acerca de educar a un hijo. Desde luego, empíricamente en este sentido no pueden aconsejar nada, y en lo que se refiere a la educación la teoría vale de poco. Pero lo que si parece cierto es que han demostrado no creer verdaderamente en los argumentos que han expuesto, ya que si, como dicen, lo que prima es la conciencia de los padres, no se entiende cómo en Italia en estos días la iglesia desautoriza enérgicamente al padre de una joven que pidió terminar con el absurdo drama de su hija clínicamente en coma irreversible desde 17 años.
Por ello, lo que está detrás del enredo creado entorno a la asignatura de EpC, es doble: para la iglesia católica el erigirse en víctima para no perder privilegios ya históricos y para el PP por aprovechar una oportunidad más para desgastar al gobierno de Rodríguez Zapatero. Como a todo buen integrista, les molesta el relativismo que dicen que la asignatura proclama. Pero en otras ocasiones y dependiendo del interés del momento, la califican de totalitaria (cardenal Cañizares dixit). Les molesta toda idea que no gire en el entorno de influencia de su verdad absoluta e incuestionable. En definitiva, les molesta perder el monopolio de la verdad, avalada por la infalibilidad del papa.
Parece que al final hemos comprendido que todo estaba urdido no contra los reales decretos que desarrollaban EpC, sino contra el gobierno socialista que actualmente preside España.


Impacto en la educación


El estado español respeta lo que la religión católica entiende como sagrado, y así debe seguir siendo efectivamente. De hecho se imparte religión católica como asignatura que debe ofertarse obligatoriamente en todos los centros educativos de España. A todos los religiosos que imparten sus clases en esos centros también les paga el estado como a cualquier otro profesor y su tratamiento en derechos es el mismo. Pero el respeto no parece ser mutuo, porque quizá lo más sagrado en un estado es la educación y la iglesia ha arremetido contra ella de forma irresponsable. Ahora cabe preguntarse si algo de lo que ha pasado ha mejorado en algo la educación de nuestros hijos y alumnos en general, pero especialmente de aquellos que han objetado porque sus padres así lo han decidido.
Cada vez resulta más urgente un pacto de estado por la educación. Pero no parece fácil cuando una de las partes exige diálogo con ella pero sólo porque está en la oposición, ya que con el mayor de los cinismos dice que cuando llegue al gobierno retirará la asignatura. En septiembre de 2008 la oposición decía que “el PP considera imprescindible y urgente un pronunciamiento definitivo del Tribunal Supremo que unifique doctrina”; ahora que la sentencia ha llegado y echa por tierra todos sus planteamientos deciden incluso seguir alentando a la insumisión civil, con el tremendo perjuicio que eso va a causar en muchos alumnos.



Separación iglesia-estado


Los primeros cristianos perseguidos por el poder del imperio reivindicaban la máxima de Cristo de “A Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César”. Sus primeros pasos buscaban desvincularse del estado y ser respetados por él. Todo cambió cuando lograron convertir al estado en un instrumento de provecho para sus intereses.
La Ilustración supo entender que el estado debe administrar derechos de los ciudadanos, sus deberes y libertades, tipificar faltas y delitos. La iglesia, por su parte, debe encargarse de administrar a sus fieles y sus pecados. Ambos planos puede que sean paralelos, pero no deben confluir mezclados por bien de ambos. De no ser así, desvirtuaríamos completamente la esencia del estado y también de la que en sus primeros tiempos fue de la iglesia, pues los derechos cívicos se convertirían en derechos a la carta, ya que la conciencia religiosa individual primaría sobre los derechos colectivos que fundamentan el estado.
En el caso de EpC, la asignatura deja márgenes suficientes para desarrollarla desde el respeto a las leyes del estado, que es el único límite que no debe franquear. Pero además, tras muchas negociaciones del gobierno socialista, que las ha habido, con la FERE (Federación Española de Religiosos de la Enseñanza) y otros colectivos católicos como Cáritas, se lograron acuerdos que posibilitaban adaptar la asignatura al ideario católico. Démonos cuenta que no decimos lo contrario, es decir, los acuerdos no tuvieron como objetivo adaptar el ideario católico al ideario de la asignatura.
De entre las cualidades humanas, dos de ellas pueden entrar fácilmente en conflicto en cualquier religión, me refiero a la fe (que la iglesia en el debate de EpC la llama eufemísticamente “conciencia”) y a la razón. Pero no pueden entrar en conflicto en la esfera del estado, como no puede entrar en conflicto un sonido con un color, pues no decimos que un sonido es amarillo. Si así lo hiciesen, los derechos y libertades serían a la carta y el estado democrático y de derecho desaparecería, pues la conciencia individual (o el contenido de la fe) siempre estaría por encima del contrato social promovido por la voluntad general. Las reglas del juego ni se pueden saltar ni se pueden exigir sólo cuando surge un interés personal.


Los temas transversales

La ciudadanía sabe perfectamente que los contenidos de EpC se imparten en España desde el año 1990. Muchos de esos contenidos estaban incluidos en lo que se denominó “Temas Transversales”, los cuales afectaban a todas las asignaturas del currículo. Esos temas eran educación ambiental, educación vial, educación para la salud, educación para la igualdad de sexos, etc. Cualquier profesor sabe que los mecanismos de aplicación de tales temas no han funcionado. Quizá por eso, el actual gobierno haya querido aglutinar todos esos transversales en una asignatura concreta y así intentar hacerlos efectivos, reales. Esto puede ser, y de hecho lo es, discutible, pero no se comprende bien cómo algo que lleva impartiéndose más eficazmente o menos de desde hace 18 años, ahora sorprenda y enerve tanto a ciertos sectores.


Victimismo estratégico


No parece sensato aceptar un consejo de quien no conoce de lo que aconseja. No parece, por tanto, que los obispos sean los más indicados para hablar de la educación de los hijos. Lo que en realidad parece es que quieren erigirse en víctimas para no perder ni un solo privilegio que, dicho sea de paso, con el gobierno socialista de Rodríguez Zapatero se han visto paradójicamente aumentados, especialmente los económicos: con el nuevo modelo de financiación los beneficios económicos para la iglesia católica para 2009 han aumentado casi 70 millones de euros respecto al 2008.
Ese victimismo es absolutamente estratégico. Para ilustrar lo que digo viene bien un símil. Imaginemos una familia sentada a la mesa para comer. El menú es el mismo para todos. Pero uno de los hijos manifiesta querer comer otra cosa distinta, ya que por motivos de conciencia no puede comer nada de lo que hay en la mesa. Los padres, intentando dar satisfacción a su hijo, le preguntan qué alimentos son esos de los que habla y dónde están. El hijo no indica concretamente qué alimentos son los que no puede comer. Los padres insisten. Finalmente dice que lo que su conciencia le prohíbe comer es faisán. Los padres, boquiabiertos, le dicen que nada de lo que hay en la mesa ni es ni contiene faisán, pero que en cualquier caso le prepararán un plato a parte con lo que él desee comer intentando respetar sus motivos de conciencia. Aún así, finalmente el hijo les acusa de querer obligarle comer cosas que él no desea comer y dice ser una víctima, especialmente porque cree que él debería tener algún derecho más que sus hermanos por ser mayor que ellos. Acusa a sus padres de totalitarios por no respetar su idea de que todos deben comer lo que él desea comer porque es lo único verdaderamente comestible y los demás están equivocados en sus gustos o simplemente manipulados por dos padres déspotas.


Impugnación de manuales

Si en los colectivos insumisos, que de persistir en su actitud pasan a llamarse rebeldes, hubiese habido realmente una preocupación sincera por la educación de los alumnos y no un móvil político propiciado por la iglesia y el PP, desde el principio también hubiesen cursado denuncias o quejas sobre algunos manuales de las editoriales. Pero sólo hubo una y curiosamente la elevó el colectivo gay en 2007. Es más, las asociaciones católicas pro-objeción reconocieron en un primer momento que su objetivo nunca fue impugnar libros de texto, sino los decretos aprobados por el gobierno, validados por la última sentencia del Supremo al respecto.
También hubiera sido coherente si hace 20 años estos mismos grupos católicos ya hubiesen objetado o alentado a la insumisión contra asignaturas como la Biología, en la que se enseña evolucionismo y genética, o Ética y Filosofía, en las que además de Santo Tomás o San Agustín también se estudian a enemigos de la fe religiosa como Marx, Freud, Nietzsche y tantos otros, o Historia, donde se estudia la historia de la iglesia, o Física donde se estudia el origen científico del universo.
Pero más allá de la coherencia se encuentra la hipocresía de estos grupos sectarios, ya que sorprende que los que ahora si quieren impugnar determinados libros de texto por considerarlos instrumentos adoctrinadores, son justamente los que han incrustado sus dogmas religiosos en niños desde corta edad durante 40 años en la dictadura de Franco, haciendo bueno aquello de “la letra con sangre entra” utilizando hasta hace relativamente poco manuales en los que ensalzaban el golpe de estado del 36, bautizado por la misma iglesia católica como “cruzada religiosa”. Sin ánimo de exagerar, ésta ha sido una cruzada moderna más, en la que ya no se evangeliza al infiel con un crucifijo en una mano y la espada en la otra como en tiempos, sino con el poder económico invertido en medios de comunicación dirigidos por la CEE.
El adoctrinamiento conlleva un sistema de propaganda, de propagación del miedo, de ignorancia inconsciente (porque la hay consciente y muy sabia), de falta de derechos. Nada de esto se da hoy en la enseñanza pública española, aunque a más de uno de los promotores de la objeción le gustase, pues sería un pretexto perfecto para justificar sus fines: derrocar toda ideología laica o irreligiosa.
Ahora, administrando o malaceptando su derrota, se aferran a la desesperada a impugnar algunos de los manuales porque creen que contravienen ciertos preceptos constitucionales. Esta posibilidad fue un matiz de la sentencia introducido por los jueces más conservadores del Tribunal Supremo. Y con esto, se puede abrir una puerta a una “guerra de guerrillas” de padres o colectivos contra editoriales, de editoriales contra editoriales, etc. y se haga todavía más daño al sistema educativo y a la educación de los alumnos.



El sexo, omnipresente


Si uno se preocupa por ver las críticas hacia la asignatura por parte de la CEE, ninguna es concreta a excepción de lo que se refiere al sexo. Sin embargo, el tratamiento del tema en el currículo de la asignatura pasa casi desapercibido. Y ello afortunadamente, ya que por vez primera en nuestra sociedad el sexo está pasando a no ser el tema entre los temas. Aunque para los colectivos católicos parece seguir siéndolo, lo cual desvela su actitud enfermiza hacia el asunto.
Las tremendas barbaridades dichas por algunos obispos y sacerdotes católicos les han situado en una peligrosa dogmática que les acerca al fundamentalismo más integrista, si es que no están ya en su mismo núcleo.
Una parte importante de la controversia nace del contradictorio sentido que la iglesia católica tiene de lo natural. Habitualmente, el concepto “natural” en sus tesis aparece muchas veces ligado a sus interpretaciones acerca de la naturaleza del sexo, el cual sólo admiten con fines procreadores, creyendo que cuando ese no es el fin nos ponemos en la línea de lo animal y nos alejamos de lo humano. Pues bien, mirado con el rigor de la lógica, el sexo orientado exclusivamente al fin de procrear, aunque humano, es fundamentalmente animal. En cambio, el sexo como motivo erótico de goce, de placer o incluso de belleza artística es exclusivamente humano. Ningún animal puede adoptar ese sentido del sexo. Por lo tanto, esta concepción del sexo no animaliza, como apunta la religión católica, sino que sólo lo hace precisamente cuando su única finalidad es la de procrear, tal y como lo hacen la mayoría de los animales por simple instinto de conservación y para perpetuar su especie.
Contra los homosexuales también han reprochado que su modelo de familia es aberrante y antinatural. Quizá quepa deducir por ello que el modelo verdadero de familia para la iglesia católica en España, posiblemente sea el que ella misma propiciaba en los tiempos de la dictadura franquista cuando arrebataba los hijos a las recluidas en prisión por motivos puramente políticos y se los entregaba a familias afectas al régimen político fascista y que no podían concebir naturalmente a un hijo.
No debería hacer falta recordar, aunque lo parece, que en España el matrimonio homosexual también está regulado por ley, y por tanto exige el máximo de los respetos tanto a nivel legal como a nivel legítimo.



Los colegios y los templos


El ser humano es un ser religioso, pero no necesariamente religioso, pues quien no lo es no por ello deja de ser humano. El ser humano se conforma como ser único por ser portador de valores éticos que son los que definen su esencia. Es indiscutible que no hay religión sin ética, pero si hay ética sin religión. Por tanto, la relación y el tratamiento entre estado e iglesia, escuela y templo, debe ser paralelo a lo dicho anteriormente, no puede ser diferente.
Sin duda los padres tienen el deber y el derecho a educar a sus hijos. Pero su derecho a educar no es mayor que el deber de educar conforme a Derechos Humanos, los cuales también amparan a los padres pero no hacen sagradas sus ideas. Por eso, el estado puede privar de la patria potestad. Puede, por ejemplo, intervenir ante un testigo de Jehová que con sus creencias hace peligrar la vida de sus hijos por no consentir una simple transfusión de sangre a su hijo enfermo y necesitado de ella. Priman, por tanto, los DD.HH sobre las creencias de los padres. El estado tiene la obligación de acoger cualquier confesión religiosa que no menoscabe sus cimientos, pero las creencias religiosas sólo son sagradas en los templos, no fuera de ellos. La base de estas claves, se encuentra en que la Ética es autónoma y no necesita de la religión para ser Ética. La religión, por su parte, no es propietaria de ningún derecho que vaya en contra de los principios éticos universales.
Las sociedades plurales son el mejor mecanismo de defensa y control contra cualquier adoctrinamiento, pero también el mejor medio del que se sirven los autores de ideas fundamentalistas para propagarse y solicitar de ellas derechos que emplearán contra esa sociedad plural de la que en principio se sirven. Y respecto a la asignatura de EpC, podemos decir que, con los medios acertados o no, el pluralismo y el respeto son sus ejes centrales.
Es la escuela y no el templo sagrado, la encargada de educar futuros ciudadanos. Por su parte, los templos deben servir para adoctrinar voluntariamente a sus fieles a través de sus dogmas.
En su caso, la iglesia católica en España debe agradecer que muchos centros educativos gestionados exclusivamente por ella y en los que se enseñan obligatoriamente dogmas religiosos, están sostenidos con fondos públicos. Esos fondos provienen de todos los miembros del conjunto social sea cuales sean sus convicciones, religiosas o no.



De la objeción a la insumisión civil


Desde que las sentencias del Tribunal Supremo han sido publicadas, la objeción de conciencia ha pasado a ser insumisión. A pesar de ello, se sigue alentando por los mismos sectores a lo que ellos aún siguen llamando objeción. Con ello incluso debería revisarse si esta actitud se encuentra tipificada en algún tipo penal. Sin embargo, estos mismos colectivos dicen acatar la sentencia. Pero acatarla es cumplirla efectivamente, aunque simultáneamente quieran seguir haciendo uso del derecho internacional que les asiste recurriendo los contenidos de “Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos” ante el Tribunal de Derechos Humanos (curioso).
Los alumnos afectados, de persistir en no asistir a clase de EpC, no suspenderían la asignatura, pues no se puede suspender a quien no se puede evaluar, simplemente no titularían por no haber cursado todas las asignaturas correspondientes al nivel educativo. En ese caso, la responsabilidad de los padres ¿no atentaría contra los derechos de sus hijos a ser escolarizados y a recibir la educación?
La actitud mantenida por determinados grupos alentando a la insumisión puede abrir puertas en el futuro a otro tipo de insumisiones graves que cuestionarían la existencia misma del Estado y de la democracia. Pasaría a ser legítima, por ejemplo, la insumisión fiscal que por motivos de conciencia fuese secundada por aquellos que no estuvieran de acuerdo con el destino que el estado da a su dinero pagado a través de impuestos. En definitiva, como dice alguna sentencia previa a la del Supremo, se correría un grave “riesgo de relativizar los mandatos legales”. La ley se cumpliría o no en función de la conciencia de cada individuo, es decir, la ley sería a la carta y dejaría de ser impositiva. La ley dejaría de ser ley, y por tanto, el estado desaparecería.
La escalada es irresponsable y peligrosa. Pero para algunos sectores implicados parece valer más el lograr el poder y/o no perder el status privilegiado a toda costa, que la educación libre de los ciudadanos. Se haría también legítima la posición del profesor que por motivos de conciencia decidiera no impartir determinadas clases porque los contenidos del currículo no fuesen congruentes con sus creencias; se haría legítimo que algunos padres objetasen contra la asignatura de Biología por defender el creacionismo; o incluso se haría legítima la objeción del padre negacionista del holocausto nazi.
Aún así, monseñor Cañizares sigue proponiendo la objeción de conciencia, ya que esta, dice, “no es de ley” (El Día de Toledo 25/02/09). Es decir, que lo que el estado impone a través de una sentencia de su máximo tribunal para el cumplimiento por parte de sus administrados, a ellos no les afecta. Algo así como que la moral está por encima de la ley positiva, o que su moral no puede doblegarse a ninguna orden reglada terrenal pues su moral proviene del orden divino superior. Con esta actitud, sencillamente se crea un anacronismo, es decir, la vuelta al medioevo en el que los poderes civil y militar del estado estaban subyugados al poder religioso de la iglesia católica. Se pretende la intromisión de la iglesia en la regulación del estado, pero no al revés.







¿Algo que objetar? (II)



Sorprende que…



Sorprende que se recurran las sentencias emitidas por el Tribunal Supremo respecto a la objeción de conciencia contra Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos;
Sorprende que la iglesia católica, o más exactamente el Vaticano, apoye este recurso cuando ella misma aún no ha firmado aún la Carta de los Derechos Humanos promulgada por Naciones Unidas en 1948, o que haya sido sancionada por la ONU por violaciones a los derechos humanos más veces que a que países como Cuba, China o Irak. Recordemos que se trata de una institución con una estructura antidemocrática basada en la infalibilidad del Papa, que sigue sin aceptar la igualdad real de la mujer negándole expresamente derechos en numerosas conferencias de la ONU.
Sorprende que la Conferencia Episcopal Española critique duramente los decretos que desarrollan el currículo de EpC “porque favorecen un grave desorden moral”, y sin embargo el Vaticano no expulse de sus filas a sacerdotes u obispos acusados de pedofilia a los que intenta proteger ofreciendo importantes cantidades de dinero a familias dañadas para que no acusen judicialmente esos sacerdotes u obispos o acoja a otros que niegan la existencia del holocausto nazi. En cambio expulsa de sus filas a teólogos de la liberación por promover un activismo real y efectivo contra la pobreza en el mundo.
Sorprende que sea la iglesia católica la que se queje de adoctrinamiento cuando su “evangelización” es sólo un eufemismo que encubre el término adoctrinar; o que se queje de adoctrinamiento como una forma de imponer una determinada ideología, pero no acepte la apostasía y defienda el mantenimiento en sus archivos de miles de datos de filiación personal a pesar de la negativa expresa de sus titulares. Recordemos que cuando la iglesia católica se tilda a sí misma en España como la confesión mayoritaria lo hace en función del número de bautizados que “rezan” en sus archivos.
Sorprende que sea la iglesia católica la que ahora invoque en España la libertad de enseñanza cuando en la dictadura de Franco monopolizó la educación primaria y secundaria y fue la principal editora de manuales escolares y libros de texto que invocaban el fascismo franquista; sorprende que la iglesia católica pida no "remover el pasado" mientras organiza macrobeatificaciones históricas de esa misma época o acabe invocando la unidad nacional originada en los Reyes Católicos o determinados políticos afines en ideología exijan al mundo árabe que pida perdón a España ahora por su invasión de la península ibérica creando Al-Ándalus.
Sorprende que se quejen de que EpC proponga una ideología de género porque, en su opinión, plantea una sexualidad a la carta, pero reclaman del estado una educación a la carta para los hijos en función de las convicciones morales o religiosas de cada padre.
Sorprende que las asociaciones pro-objeción no aprueben una posible ideología de género en el currículo de EpC, pero sin embargo admitan con su silencio lo que algunas editoriales como Casals, cercana al Opus Dei, dicen en sus manuales a propósito de la homosexualidad: “a cualquier relación la llamamos familia. No son una auténtica familia las parejas de homosexuales; son uniones de hecho respetables, pero no son matrimonio”. Pero curiosamente el mismo manual se queja de que “la palabra amor esté falsificada en la actualidad debido al abuso, la manipulación y la adulteración”.
Sorprende que la iglesia católica, que dice basar su mensaje en el amor, haya dicho de los homosexuales que son personas que merecen el mismo respeto que cualquier otra (¿a caso es necesario exponerlo si de verdad se cree en ello?), calificando su condición como una desviación natural fruto de la perversión de mentes enfermizas, pero que finalmente se pueden curar.
Sorprende que la iglesia católica no acepte la naturalidad de las parejas homosexuales y no admita su derecho al matrimonio cuando precisamente esta institución no es natural sino convencional. No olvidemos, como nos dice José de Jesús López Monroy, que el origen de la palabra matrimonio es incierto y que de entre los cuatro posibles orígenes, sólo uno de ellos reconoce la figura de un esposo: matrem muniems (proveimiento o protección de la madre); matrem munens (que impone una fidelidad al padre o esposo); matre nato (madre de un nacido) o matrem unions (unión de vida en común entre dos).
Sorprende que todo esto todavía sorprenda, aunque a mí no me sorprende. Pero de todos modos debemos alcanzar un acuerdo de estado por el bien de la educación, que es por el bien de todos. Estamos condenados a “acercarnos”. Acerquémonos y no cerquémonos. ¿Será posible?

miércoles, 14 de enero de 2009

El Capitalismo o el Mito de Sísifo














El Capitalismo o el Mito de Sísifo


“No heredamos la tierra de nuestros padres,
la tomamos en préstamo a nuestros hijos”

Proverbio chino

Un artículo de Santos Ochoa Torres

EL NUEVO ORDEN

El 80% de los habitantes del planeta siempre ha estado en crisis profunda, pero sólo le llamamos mundial cuando el 20% restante entra en crisis. Su evolución ha pasado ya por dos estadios y se prevé un tercero. En un primer momento le llamaron crisis económica, después crisis financiera (de “liquidez”) y debemos evitar que emerja una tercera: la crisis social que acabe convirtiéndose, a su vez, en revuelta global.
Todos los expertos y analistas buscan similitudes con otras crisis pasadas y muchos coinciden en la “rareza” y “extrema complejidad” de la actual. Aún así buscan ponerla en paralelo a la crisis de mayor calado en la historia financiera, como fue la de 1929. Los más pesimistas van más allá y nos recuerdan que después del crack del 29 vino la II Guerra Mundial, como queriendo apuntar en esa crisis el origen de dicha guerra. George Bataille creyó en su momento que las dos guerras mundiales sirvieron como una destrucción colosal de la riqueza creada previamente y que el sistema después no sabía absorber. Es el saco que se llena y se vacía constantemente, algo así como el mito de Sísifo que nos cuenta la condena que Sísifo tenía: subir una roca a lo alto de una cima, una vez allí arrojarla hacia abajo, regresar a por ella abajo y cargarla de nuevo para volver a subirla y así indefinidamente. Al capitalismo le pasa esto desde hace más de dos siglos y aún no sabemos cómo librarnos de esta condena. Por eso volvemos desafortunadamente a hablar de refundar el capitalismo, o sea, de volver a subir a la cima; eso sí, parece que el esfuerzo de este eterno retorno siempre lo hacen los mismos.
Es evidente que debe crearse un nuevo orden real con nuevos objetivos, pero sobre todo debemos saber cuáles son los medios legítimos y cuáles no lo son para conseguir tales objetivos. Todos ellos deben ser aspiraciones reales, como la idea roussoniana de que el contrato entre los hombres que debiera “firmarse” debería contener fórmulas para que ningún hombre fuera tan rico como para poder abusar de los demás a su capricho. Debería empezar a no sonar ridículo, porque no lo es, que debería legislarse para establecer una renta mínima universal, abolir los paraísos fiscales, condonar la deuda externa de los más pobres, y para eliminar las barreras arancelarias que oprimen en progresión geométrica a los países más pobres por impedirles introducir sus productos en el circuito de lo que el rico llama cínicamente “libre mercado”. Asimismo, el nuevo sistema debería crear mecanismos de control internacional que impidieran la indiferencia de algunos países a ciertas instituciones o el control absoluto de ellas por unos pocos países. Para ello, las grandes instituciones de gestión y control deberían constituirse democráticamente y sus funciones deberían ser reales.
Se dice que en este nuevo orden mundial el ciudadano reclama transparencia, pero eso es una forma hipócrita de llamar a las cosas con eufemismos que no pongan en entredicho a la superclase financiera, ya que lo que se reclama en realidad es un concepto moral de la riqueza y de la pobreza, es reencontrarse con los valores ilustrados. El estado debe ser garante de todo ello. En esa tarea, la educación debe adquirir un papel nuclear. Debe ser un derecho universal prioritario, donde el objetivo principal de la educación se dirija ante todo a formar personas, no únicamente a trabajadores.
En cualquier caso, el desconcierto es muy grande. Los analistas y expertos de economía dan recetas y más recetas contradictorias. Pocos son conscientes de que no deben olvidar que el final de cualquier etapa en la historia genera un vacío de fines y principios, pues se pierde el timón y se hace necesario que alguien lo tome de nuevo con fuerza y además sepa dónde debe ir, porque el rumbo debe cambiar.


LIBERALISMO versus ABSOLUTISMO


El liberalismo no nació contra el estado, sino contra el absolutismo. Uno y otro son concepciones extremas y como tales, condenadas a engullirse a sí mismas o a ser abolidas por el pueblo.
Sin embargo, la dinámica del mercado es un síntoma de la manera de sentir y pensar del hombre actual. No es ingenuo, sino perverso e hipócrita pensar que el mercado se autorregula por sus beneficios, sus pérdidas y en general por un sistema competitivo basado en la rentabilidad. Uno de los hombres más ricos del planeta, como lo es George Soros, dice que “sólo los idiotas pueden creer que el mercado tiene conciencia, los idiotas y los titulares de cátedras de economía”. Entre estos últimos encontramos a “expertos” como el economista francés Jacques Garello, el cual en un desacierto total vaticinaba en 2001 que el neoliberalismo acabaría siendo la víctima del sistema.
A pesar de lo inhumano de la economía de mercado, la mayoría de la población no la cuestiona en profundidad, se ha adaptado a ella y a sus “normas”, o como dice Brückner, “la gente la considera un hecho consumado porque no tiene cuentas que ajustar con ella”. Y esas cuentas no existen porque los sujetos responsables se desdibujan escondidos detrás del capitalismo que les protege con su ausencia de reglas y su amoralidad. Sin embargo esa ausencia de reglas para el libre comercio sólo afecta al denominado primer mundo, que suele pavonearse cínicamente diciendo que cuando los países emergentes o pobres protestan con razón contra el sistema de comercio internacional, lo hacen porque en realidad lo que quieren es incluirse en él y no por querer destruirlo. Pero todo está “anárquicamente dispuesto” por un ente incognoscible para que los países más pobres no puedan incluir sus productos en el circuito del mercado, no porque nadie lo decida, sino por las leyes del mercado. Esto es espantosamente vergonzoso, ya que la realidad es que no se lo permitimos con múltiples artimañas y barreras. La razón: porque no podemos competir con ellos en el verdadero y libre mercado del que presumimos, de ahí que declinen producir lo que no pueden comercializar.
Paradójicamente, la codicia ha llevado al capitalismo a producir en exceso lo que ni puede exportar al pobre porque ya le ha asfixiado, ni tampoco puede absorber por sí mismo. Ambos mundos se encuentran con su producción prácticamente paralizada o en recesión, en un caso por exceso y en el otro por defecto.
En nombre de esa libertad de mercado, las grandes multinacionales a las que no les afecta ninguna norma moral ni tampoco jurídica que les sancione cuando comercian y explotan inhumanamente a niños y mujeres, prefieren asentarse en aquellos países con regímenes dictatoriales o lejanos a ser un estado de derecho, donde los derechos civiles de los ciudadanos y los trabajadores son prácticamente nulos, pues son el mejor espacio político para comerciar y explotar impune y despiadadamente a cualquier trabajador, incluidos mujeres y niños en trabajos físicos insoportables durante “jornadas laborales” de 16 horas.
A pesar de ello, los países que se han autodenominado ricos, han situado siempre el capitalismo como un sistema inherente a libertad y la democracia, aunque nunca antes el modo de vida de esos países se ha parecido tanto a las sociedades autómatas descritas por Orwell o Huxley en sus obras, o esos mismos países hayan necesitado de dictaduras y países gobernados por gobiernos corruptos para sus beneficios e intereses.
El liberalismo también ha contagiado a gran parte de las administraciones públicas occidentales, las cuales han permitido la proliferación de la economía sumergida en base al tráfico por doquier de dinero negro que han empobrecido y burlado al sistema público de beneficios para el estado. No ha habido gobierno occidental que no haya dado pábulo a estas prácticas dirigidas a empobrecer al estado y que han perjudicado por ello sólo a los más pobres. Sin embargo, ahora esos mismos defensores del liberalismo recurren al estado para reflotar las economías colapsadas de occidente. Pero a pesar de todo, a los representantes más acérrimos de este neoliberalismo, como lo es en España las Nuevas Generaciones de Partido Popular, no les duelen prendas incluso para pedir públicamente en sus congresos que no se regule el salario mínimo interprofesional de los trabajadores. Posiblemente no sólo debe estar regulado el salario mínimo, sino también el máximo y a niveles supranacionales. Fuera de esos límites la dignidad humana deja de estar a salvo, pues permite la humillación por abajo y eso supone un humillador por arriba.


CAPITALISMO: “Homo Lupus Homini est”


En sí mismo, el capitalismo es absurdo. Se trata de un sistema basado en rentabilizar beneficios a costa de producir para producir más aún y así indefinidamente. La continuidad de esa situación nos lleva a crisis profundas y hambrunas tercermundistas causadas por una sobreproducción que el sistema capitalista no puede digerir ni tampoco vender. Su mecanismo, por tanto, no es autorregulable.
En los momentos en que ha parecido desmoronarse, aparecen en escena los sujetos o instituciones que antes eran etéreos en su riqueza, se materializan pidiendo ahora un paréntesis en el trayecto neoliberal y pidiendo al Estado que sea él quien corrija el caos económico creado como efecto de una inmoral y descontrolada concentración del capital líquido en unas pocas manos privadas. Este no es el momento en que acaba el capitalismo, sino al contrario, es su momento culminante, es la máxima expresión de su ser. Ahora intenta parasitar al Estado, se doblega en él para seguir su recorrido. En palabras de Bruckner “El capital renace de sus cenizas cuando se le considera moribundo, vive aún dos siglos después del anuncio de su deceso inminente (aunque algún día desaparecerá como toda forma histórica)”. Es capaz de servirse de su enemigo para sobrevivir. No es un sistema rígido, con objetivos, no es dogmático.
El éxito del capitalismo depende de la desconfianza en lo humano, de considerar al hombre un medio para el logro de un solo fin: el enriquecimiento. Ha sido el mejor molde para dar cabida a la máxima de Hobbes: “Homo lupus Homini est” (El Hombre es un lobo para el hombre). Su éxito durante muchos años ha sido paradójicamente la incubadora de su “fracaso” actual. Pero ha triunfado precisamente porque no se ha implantado en todo el planeta, sino a penas en un tercio de su población. No ha buscado extenderse como una religión evangelizadora, sino justo lo contrario: su triunfo, su ser mismo, estriba en la desigualdad, pues si hubiese llegado a todo el planeta en las mismas condiciones de calidad de vida en que ha llegado sólo a un tercio de él, no le llamaríamos capitalismo, sino comunismo o socialismo.
Sus defensores en ocasiones incluso le presentan como un sistema emancipador del hombre, pero en realidad le ha hecho más dependiente de lo material, del dinero. Le ha hecho menos autónomo, más inhumano, más desconfiado y resentido, más frio, más calculador y también más absurdamente competitivo.


UN JUEGO SIN REGLAS Y CON DEMASIADOS ESCONDITES

Al finalizar una conferencia de prensa, el mago de las finanzas Allan Greenspam, en ese momento presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, dijo a los periodistas: “si ustedes han entendido lo que acabo de decir, es que me he expresado mal”. Esta forma de “entender” la economía es la que ha presidido el sistema financiero durante los últimos años. No es que la incertidumbre en la economía sea inexorablemente, sino que ese ha sido el objetivo del juego: la ausencia de reglas. Por ello, y después de haber malparido un sistema financiero como el que hemos tenido (y seguimos teniendo), es insultante que el mismo Greenspam diga ahora refiriéndose a la actual crisis que “aún no puedo entender cómo pasó”. Pues la respuesta es bien sencilla y él mismo lo sabe: se puso muchísimo dinero a disposición de especuladores y soberbios ladrones y además durante demasiado tiempo. Ahora las reglas del juego que hemos inventado no funcionan porque esas reglas sencillamente no existen. Llevamos demasiado tiempo sin oír la expresión “delito monetario” en un tiempo en el que jamás se ha especulado tan brutal e impunemente como para hacer quebrar todo el sistema internacional.
Los gurús de la economía defendían que el sistema se autorregulaba, entre otros mecanismos, por las agencias de calificación de riesgos. Estas son algo así como el vigilante que controla las operaciones financieras de alto riesgo o ilegales de instituciones, empresas o multinacionales. Todo un montaje, ya que la mayoría de esas agencias de calificación “casualmente” están financiadas para su supervivencia por las mismas empresas o instituciones a las que dicen controlar, con lo cual no mordían a quien le daba de comer.
El FMI además de ser uno de los principales cómplices de la creación de lo que denominamos “paraísos fiscales”, también los ha fomentado. Nunca se ha tomado iniciativa alguna para acabar con estos agujeros de estafa y burla. Ningún país del denominado primer mundo está libre de culpa. Según la OCDE, el 13% del PIB mundial está parapetado y consentido en esos paraísos. Es decir, en la actualidad aproximadamente 6 billones de dólares no están sujetos a impuestos. Como dice Ignacio Escolar en un magnífico artículo que titula “Los siete pecados capitalistas” y refiriéndose en él al caso concreto de España, la mitad de las multinacionales que cotizan diariamente en bolsa, en el IBEX 35, son propietarias a su vez de empresas en estos paraísos fiscales, con lo que eluden pagar impuestos a ese mismo erario público al que ahora piden ayuda.
La ausencia de reglas para interceptar y penalizar determinados delitos financieros ha conducido a una especulación de proporciones insospechadas. Se compra y se vende lo que aún ni siquiera existe o no se posee. Incluso se considera legítimo comprar sin dinero, si no, véanse los primeros pasos en la operación de la petrolera rusa Lukoil para comprar la española Repsol. Se premia al especulador, no al emprendedor, no al que genera tejido productivo. Muestra de esa especulación es el mercado de futuros. Una buena descripción de este “valor” del capitalismo también la ofrece Ignacio Escolar: “si apuestas con cientos de millones de dólares en el mercado de futuros a que el petróleo subirá, en efecto sube y tú ganas; en economía las profecías tienden a cumplirse si hay dinero suficiente” pues desestabiliza el mercado en función de los intereses de quien pueda desestabilizarlo. Es uno de los comodines o licencias permitidas sólo a algunos en este juego.

AVARICIA

El capitalismo es la máxima expresión humana del egoísmo normalizado tras el que se pretende hacer creer que no hay sujetos responsables de su ser inmoral, pero el calificativo inmoral sólo es atributo del hombre. Es un sistema en el que la economía no está al servicio del hombre, sino al revés.
Un alto directivo de General Motors, en cierta ocasión dijo que la clave de la prosperidad económica es la creación de una insatisfacción organizada. Esto es algo así como aquellos que dicen que la clave para lograr la felicidad sólo está en desearla continuamente y eso es lo que nos mueve a seguir viviendo. Pero esa insatisfacción es fruto de una codicia insaciable que finalmente ha generado la más absoluta desconfianza, motivo central (dicen) de la crisis financiera actual.
Al principio decíamos que esta crisis fue en primer lugar económica. Después pasó a ser financiera. Finalmente corremos riesgo de pasar a crisis social si los líderes políticos de los países responsables no son capaces de encauzar soluciones, que por el momento no han llegado. La principal medida tomada hasta ahora es la inyección masiva de capital a los bancos sin explicar a la ciudadanía en qué condiciones el estado presta ese dinero que es nuestro. El banco “sólo” tiene el papel de gestor material desde donde se concede el crédito, pero el crédito queda atascado en los bancos. A fecha de hoy ningún dirigente ha advertido seriamente a los bancos para que cumpla con su papel de correa de trasmisión, lo cual denota un miedo colosal a los banqueros, a los que nadie reprocha nada. Pero si los gobiernos no lo hacen, lo acabarán haciendo los ciudadanos. La confianza de los ciudadanos en los gobernantes está bajo mínimos. La clase política está profundamente cuestionada, pues empieza a considerarse como uno de los reflejos o efectos del capitalismo salvaje por mucho que algunos en la izquierda corran ahora a abrazar la socialdemocracia como panacea cuando hasta aquí se definían eufemísticamente como de centro-izquierda.
Es lógico que el ciudadano se sienta burlado. Las cifras de cientos de miles de millones de euros o dólares inyectados desde los estados a los sus sistemas financieros serían suficientes varias veces como para paliar el hambre y la pobreza en todo el mundo, pero sin embargo no logran aliviar la codicia infinita de los bancos que inmediatamente se benefician de esas inyecciones y de las bajadas de interés de los bancos centrales en Europa y EE.UU pero no dan traslado de esos beneficios a los ciudadanos, que son los que en realidad les están aportando liquidez por medio del estado.


EL CRÉDITO DE LA BANCA

Los ciudadanos no entienden por qué hay que “salvar” precisamente a los que han generado el problema. Comienzan a sospechar de los fines con que esto se lleva a cabo. No entienden por qué les damos el dinero del estado, que es de todos, para que después, tan sólo con un poco de suerte, nos lo devuelvan gravado con intereses. Esto es retornar de nuevo al mismo problema.
Los bancos comienzan a abusar de la confianza del estado justificando no dar créditos por desconfiar del resto de la banca. Esta cínica paradoja se erradicaría si los gobiernos dejasen de tener un miedo atroz al infinito poder de la banca y fuera el mismo estado el que directamente gestionase los créditos sin la banca como intermediaria. En ese momento la confianza de los bancos resurgiría súbita e inexplicablemente. Es decir, la banca se mueve entre la desconfianza que tiene respecto de los otros bancos con los que compite y su confianza en que el estado no le sustituirá adoptando él mismo la función que hasta ahora realiza la banca como mero intermediario en el que se queda parte de la mercancía financiera.
Algunos países como Francia toman medidas que reflejan o su impotencia ante la banca o su burla ante los ciudadanos: ha creado la figura de un mediador para que intervenga ante los bancos que nieguen créditos a los ciudadanos. Si además también se reducen drásticamente impuestos a empresas, para las que también se están creando fondos especiales, se corre el riesgo de hacer más de lo mismo: enriquecer más aún a la banca que no ofrece lo que se le ha prestado y enriquecer a los empresarios, no a las empresas, ya que bajar los impuestos por sí mismo no garantiza que no se vayan a despedir trabajadores o se les contrate. Es algo así como si se intentase aliviar un coma etílico con más alcohol.
Pero mucho más alarmante que el escaso crédito que la banca ofrece, es el que la banca merece de los ciudadanos. Todo en torno a ella ha sido una irresponsable operación de especulación de lo que el hombre valora convencionalmente: el dinero y las materias primas. Los mercados de futuros y el valor del dinero ofrecido han creado una masa financiera reflejada tan sólo en números, pero no en beneficios tangibles, reales. Por ello, falta dinero real para cubrir el molde creado y que habíamos creído tener lleno. La verdadera crisis ha comenzado cuando nos hemos asomado al molde y hemos comprobado que dista mucho de estar tan lleno como creíamos. Ahora, mediante inyecciones masivas de capital, se pretende llenar realmente lo que ya creíamos lleno. Empleando un símil, la cuestión es si Don Quijote se curaría haciéndole reales los gigantes que sabemos que no existían o haciéndole ver su error. Es decir, la cuestión es si el problema se solucionará llenando de billetes el molde que creíamos lleno o si por el contrario, de lo que se trata es de perseguir a quien ha creado ese molde inexistente y romperlo para adaptarnos a la verdadera realidad. La esquizofrenia no se cura haciendo real lo que el enfermo ve irrealmente, creando efectivamente la realidad que al enfermo le decimos que no existe, sino haciendo asumir al enfermo la irrealidad de su mundo para adaptarse a lo que de verdad existe. Pero lo peor es que el vacío de capital que se está intentando llenar, está en alguna otra parte, a saber, por ejemplo, en paraísos fiscales, y mientras se llena de nuevo ya parece estar también reportándoles nuevos beneficios. Si no, los distintos gobiernos que ordenan medidas, deberían saber ser más convincentes para explicar por qué tardan tanto tiempo en verse los efectos de esas inyecciones de capital en el ciudadano de a pie y tan poco en los bancos y grandes financieras. No es que el capitalismo haya fracasado, sino más bien que cíclicamente culmina en una apoteosis para volver de nuevo a empezar tal como si de Sísifo se tratase.
Ejemplo de esa “economía esquizofrénica” es que el crédito invertido ha sido muy superior al capital propio con que contaba el que ha solicitado dicho crédito. Este desequilibrio se conocía, pero se admitía sin reparos sólo porque beneficiaba al que otorgaba el crédito, generando así una hiperproducción innecesaria y por ello, imposible de absorber, así como unos beneficios intangibles sólo reflejados en números para la banca y que ahora están en paraísos fiscales fuera del control que afecta al común de los mortales. No se han limitado ni controlado en modo alguno ni la naturaleza ni la procedencia de estos beneficios.
Ahora los acólitos del liberalismo económico han pedido cínicamente un paréntesis en sus recetas y han solicitado ayuda urgente al estado para salvar al sistema. Aunque en realidad siempre se han servido de él, especialmente provocando en las economías más poderosas un proteccionismo a ultranza para bloquear, aislar y ahogar las exportaciones de los países más pobres y así frustrar sus expectativas de ingreso “natural” en el “libre mercado”.

REGENERAR LA ILUSTRACIÓN

La ficticia e interesada relación creada entre capitalismo y democracia sólo se basa en el criterio de la rentabilidad, donde la economía es la nueva moral que está por encima del hombre, el cual tan sólo es un instrumento para lograr beneficios. Esta nueva moral está por encima de cualquiera de los principios que inspiraron la democracia desde la Ilustración. Pero quizá esa época fue mucho más inocente que la que se ha generado después. No ha servido de mucho el ideal ilustrado. La concepción de la libertad, pilar básico de dicho ideal, se ha degenerado infinitamente y acaba asociándose únicamente con el consumo y la propiedad privada: si se consume más o se posee más se es más libre. Se trata de escoger entre el falaz dilema de ser o tener. La dignidad no tiene valor, sino precio. Sencillamente, nuestros hijos entienden perfectamente sin explicárselo expresamente, que se es por lo que se tiene.
El dinero ha pasado a ser el sujeto real de la historia, no el hombre. Por ello el dinero puede entrar en cualquier parte, puede traspasar fronteras que muchos hombres no pueden. Lo importante no es la dignidad ni ningún atributo humano defendido en la Ilustración, sino el precio, el beneficio, la rentabilidad y cualquier atributo del dinero en ese sentido.
Por otra parte, la cultura de la inmediatez ha barrido valores profundamente ilustrados como el de la educación. Los efectos de la inversión en educación se recogen a largo plazo, por eso son muy pocos los gobiernos que apuestan sinceramente por ella, ya que corren el riesgo de que cuando esos efectos lleguen, el gobierno que los impulsó haya sido sustituido por otro de signo contrario y sea ese el que acabe beneficiándose de dichos efectos. Y esta es una prueba más de que, en general, se gobierna sólo para seguir gobernando, no para el ciudadano. John McCain, rival de George Bush en el proceso electoral republicano para las presidenciales americanas en noviembre de 2000, hizo unas declaraciones muy reveladoras en este sentido al New York Times, al que reconoció muy sinceramente que la política se ha convertido en “un sistema elaborado de tráfico de influencias, donde los dos partidos se ponen de acuerdo para seguir en el poder y vender el país al mejor postor”.
Por eso, y respecto a la educación como pilar básico ilustrado, no le falta razón a Pascal Bruckner al decir de la escuela que “es importante sacralizarla, protegerla del mundo, de lo contrario, corre el riesgo de caer en manos de la sociedad “liberal” -en el peor sentido del término-, dejarse invadir por intereses privados, virus publicitarios y, en general, por la uniformidad, la amnesia y la estupidez, plagas actuales de la democracia de masas”. Cada vez más son los jóvenes y los niños que sólo parecen perseguir la hilaridad que les ofrecemos especialmente desde la publicidad y desde la televisión a través de imbéciles y bocazas que se regodean de serlo haciendo gala de sus torpezas o bravuconadas contra cualquier atisbo de racionalidad. Eso que llamo “cultura de la inmediatez” les hace rechazar casi por completo la idea de sacrificio como una situación posible que a veces surge sin remedio. Por eso no es anodino que se premie a personajes procesados judicialmente por delitos económicos muy graves, como lo ha hecho recientemente una cadena de televisión española concediendo hasta 350.000 € por una simple entrevista. Para la cadena en cuestión lo único importante es la absurda competición por la audiencia, donde todo vale para tener más audiencia que los otros, aunque para ello desemboquemos en aberraciones inmorales.

SOCIALDEMOCRACIA Y ESTADO

La maledicencia y el desprestigio vertido hacia el estado como gestor administrativo desde el liberalismo, ha logrado que se considere perverso o casi abyecto cualquier defensor del papel del estado en la vida de los individuos al convivir en comunidad.
De momento también se intenta hacer creer que el estado está cumpliendo con una de sus funciones, que es la de restaurar el sistema. Esto es claramente falaz, ya que restaurar el sistema también llevaría implícita la función de perseguir a los culpables de la situación.
Son muchos los pensadores que a lo largo de la historia han considerado al estado como un necesario árbitro corrector de la vida en comunidad. Agustín de Hipona lo consideraba necesario en rigor porque era capaz de reprimir las tendencias naturales hacia el mal. Tomás de Aquino, por su parte, lo consideraba como el instrumento que conduce al hombre al bien común. Para Aristóteles el estado es incluso anterior al individuo, al hombre en el sentido de que fuera del estado el hombre no es hombre en su nivel moral, sino una bestia o un dios. En la actualidad, el individualismo es tan feroz que nos ha convertido en bestias que juegan a ser dios. Michael Camdessus, director del FMI en su momento, llegó a decir que “el FMI es uno de los elementos de la construcción del reino de Dios”.
Hemos perdido la condición natural del estado que hace humano al hombre. Sólo en el estado el hombre es humano además de animal, sólo en él es posible con-vivir (vivir-con los otros) y realizarse en la virtud.
Vuelve a valorarse positivamente la concepción que la socialdemocracia tiene del estado, pero han sido demasiados los años de “nihilismo económico” fomentado desde los círculos reales del poder económico como para que los cambios sean tajantes y rápidos, pues los cambios que se diseñan desde el mismo poder que debiera cambiarse nunca son verdaderos cambios, sino burlas.

LO NORMAL HA DEJADO DE SER LÓGICO.

Es posible que el ciudadano medio esté asumiendo involuntaria e inconscientemente ciertas aberraciones por el sólo hecho de convertirse en habituales. Quizá estemos acostumbrándonos indolentemente a ver la imagen de un niño muriendo de hambre, o tiroteado en cualquier guerra. Quizá esto se esté convirtiendo en normal a nuestros ojos, pero no es lógico.
Si lo normal ha dejado de ser lo lógico, es posible que estemos a las puertas de una nueva etapa en que la lógica acabe imponiéndose por el ciudadano a través una revolución global, que como casi todas, no será silenciosa y si dolorosa.



Santos Ochoa
14 de enero de 2009.
(Artículo Publicado en www.rebelion.org ,sección Opinión, el 16-01-09)

miércoles, 20 de agosto de 2008

Porque tuve hambre y no me disteis de comer


“Controla el petróleo y controlarás a las naciones,
controla el alimento y controlarás a la gente”


Hery Kissinger

Un artículo de Santos Ochoa Torres

El señor Henry Kissinger, en un documento oficial elaborado por el Gobierno Nixon denominado “Memorando Estudio 200 de Seguridad Nacional: Implicaciones del Crecimiento Mundial de Población para los intereses de Seguridad y Exteriores de los EE.UU” sugería que el hambre, las guerras y las epidemias son un instrumento eficaz de control de la población. El colosal descubrimiento de Kissinger es una mezcla de torpeza infinita y cinismo destilado, pero por desgracia cierto. Pero esto no es extraño en alguien que se prodigaba con máximas como: “controla el petróleo y controlarás a las naciones, controla el alimento y controlarás a la gente”. Una vez más comprobamos que a lo largo de la historia la privación de alimentos también ha sido una táctica utilizada para eliminar adversarios.
Occidente es responsable del genocidio masivo de inocentes. El mundo rico quiere creer que el pobre que sufre miseria extrema está ahí simplemente, no es consciente de su responsabilidad.
La presente crisis alimentaria está acelerando aún más este genocidio silencioso o silenciado. Según la FAO, el precio de alimentos básicos procedentes de semillas ha aumentado un 88% desde marzo de 2007. El trigo un 181% en tres años; el arroz más del 50 % en los últimos meses y ya se ha triplicado en los últimos 5 años pasando de 600 dólares la tonelada a 1800. Sin embargo, las grandes multinacionales de la alimentación o la energía apuestan por los transgénicos, ya que aumentan la producción y crean semillas resistentes a plagas y ciertas enfermedades. Pero tan sólo hay 5 empresas en todo el planeta que producen semillas transgénicas y una de ellas controla el 90% del mercado internacional. Este monopolio hace más difícil aún que los países pobres puedan colocar sus productos en el mercado.
La espectacular subida en el precio de los alimentos está unida al precio del petróleo. Pero los precios del petróleo nada tienen que ver con que este sea un bien escaso. Los países productores de petróleo aseguran abastecimiento sin problemas por el momento. Tampoco tiene que ver con que los costes de extracción y producción se hayan encarecido proporcionalmente a la subida experimentada por el mismo, ya que, por ejemplo, en Oriente próximo la extracción de un barril cuesta poco más de 10 dólares. Y por supuesto, también tienen mucho que decir las multinacionales de la alimentación que están comprando sus productos mucho más baratos en países pobres, pero los están subiendo sin control alguno en sus ventas, especialmente desde la OMC.


La frialdad de las cifras y de las cumbres

Las cifras respecto del tema son cada vez más atroces e inhumanas: cerca de mil millones de habitantes “viven” con menos de un dólar diario; el 50% de la población mundial lo hace con dos dólares diarios; cada 4 segundos muere una persona por hambre o enfermedades derivadas de él, lo que supone 100.000 muertos diarios, de los que 30.000 son niños menores de 5 años. El 15% de la población mundial (1.000 millones de personas) no tienen acceso al agua potable y 6.000 niños mueren a diario por ingesta de agua no potable.

A pesar de la fracasada, descalabrada e hipócrita cumbre de la FAO celebrada recientemente, todos nos tranquilizamos sabiendo que ya hemos puesto en marcha otra cumbre mundial para 2015 (como si el problema estuviera ya solucionado o como si este no fuese urgente), en la que para entonces se espera haber acabado con el hambre en el mundo. Por el momento, no sólo no lo hemos reducido, sino que sigue creciendo escandalosamente, especialmente desde 1996, fecha para la que paradójicamente ya se había fijado el objetivo de acabar con el hambre en el mundo. Lo peor es que este posponer plazos y objetivos es algo que ya viene ocurriendo desde hace demasiadas cumbres. Al final todo parece una gran burla.
Acabo de calificar a la cumbre de la FAO como un fracaso, cosa no del todo exacta, ya que un fracaso se produce cuando no se logran los objetivos marcados previamente de forma sincera, y vistos el número de fracasos ya cosechados no parece que la intención sea otra que la de aligerar nuestras conciencias periódicamente, pero no mitigar verdaderamente el hambre en el mundo. Más que nada, la FAO parece haberse convertido tan sólo en un espacio de penitencia. Pero como apunta acertadamente Pascal Bruckner, esa penitencia es cobardía, es asesina, porque no es la solución. La penitencia sólo es solución para el religioso que la reza y así repara su alma y su conciencia. Occidente hace algo parecido en estas cumbres, que son algo así como el espacio donde nos confesamos y nos autoaplicamos una penitencia entonando un “mea culpa” hueco e hipócrita.


Síntomas de la Hipocresía

Un síntoma claro de esa hipocresía es el tratamiento que en esas cumbres se le da a la deuda externa contraída por los países más pobres. El espinoso asunto de la deuda de los países pobres sigue sin abordarse verdaderamente. Son pocos los países que vienen reconociendo que la deuda de los países pobres no tiene su causa en inversiones productivas, sino que la mayor parte de ella se debe a los abusivos intereses que estos países deben pagar, a la especulación y a la corrupción de los gobernantes de muchos de esos países pobres. Parte de la solución al problema empezaría por la condonación de esa deuda injusta que les oprime y no les deja entrar al mercado, lo cual se convierte en un infernal círculo vicioso, pues la deuda genera más pobreza y la pobreza genera aún mas deuda.
Otro de los síntomas que evidencian la hipocresía de occidente es el gasto en la industria armamentística de sus países. Son también pocos los países que en esas cumbres internacionales reconocen a micrófono abierto que gastamos mucho más en matarnos que en solucionar problemas como la miseria extrema de muchos países, y cuando eso deja de ocurrir inventamos nuevas guerras para seguir en la tendencia. Las cifras de esas conferencias dicen que los enfrentamientos armados ya han ocasionado 17 millones de muertos en 50 años.
La venta de armas no es una industria a la que esta crisis mundial le afecte. Más bien incluso parece ser al contrario: la industria del armamento parece crecer en inversa proporción en la que otros sectores se ven afectados negativamente. Incluso parece también crecer en la misma proporción al aumento del número de estómagos hambrientos en el mundo.
A pesar de la buena voluntad y de los compromisos reales de países como España en la última cumbre de la FAO, también debe decirse que durante 2007 el negocio del armamento en España creció un 50%, y ello sobre los máximos históricos ya dados en 2006. Además, curiosamente la mayor parte de venta de armamento no se vende a países ricos, pues ellos también las fabrican y exportan, sino que siempre se venden a los más pobres o a los que padecen regímenes totalitarios que oprimen a su población.


El “Libre Mercado”: valor y precio

El ser humano es sujeto portador de valores. Por el solo hecho de serlo, una persona tiene un valor, no un precio. Forma parte de su esencia, de aquello que le hace lo que es en distinción de cualquier otro ser. La era dieciochesca de los valores parece haber muerto irremisiblemente. Todo ha pasado a tener un precio, el valor no importa. Todo lo que vale lo es porque tiene un precio. Con esta “filosofía” no sólo aniquilamos los valores, sino también los derechos más fundamentales e inherentes. Y creemos que incluso se pueden comprar o vender derechos, como ocurre por ejemplo en países como España ya hablamos de comprar derechos de agua. Solo tiene agua o pan aquel que puede pagárselo, quien puede competir con los precios, si no, se comienza a pasar hambre. Como dice el teólogo de la liberación Leonardo Boff, “comer ya no es un derecho de todos”. Quien puede pagar para comer, dice de si mismo tener derecho a ello, se hace propietario de lo comprado. Pero las leyes de ese mercado han sido creadas por el que dice tener aquello que da acceso al alimento o a los bienes productivos. Estos bienes, a su vez, son el medio para generar más riqueza a quienes los ha comprado. Pero para que eso ocurra los ha de gestionar alguien realmente interesado: la empresa privada, la cual acaba generando más desigualdad, ya que lo único que hace es trasvasar y atomizar la riqueza, no generar más para todos.
Con ello nace la “libre economía de mercado”, que no es otra cosa que un espejismo o una artimaña bien inventada por el poderoso para intentar hacer ver que nadie es responsable del injusto reparto de la riqueza, pues según ellos la libre economía de mercado se autodirige, se autoorienta o se autorregula y nadie puede encauzarla. No hay por tanto, sujetos responsables.
Sin embargo, es más que chocante que sí podamos regular los tipos de interés a nivel internacional. Pero las sospechas se agrandan aún más cuando no sabemos por qué no ocurre lo mismo con los precios del petróleo. La respuesta es que el petróleo es un elemento diferenciador de la riqueza. Por ello siguen sin interesar a los países más ricos la inversión en empresas o tecnologías que ya han mostrado energías alternativas inagotables, baratas, limpias, y lo más importante: fáciles de generar por cualquier país.
Con esta forma de concebir el mercado aparece una nueva y sutil forma de explotación y de manipulación donde el único objetivo es la rentabilidad, aunque para ello a veces deba convertir a las personas en simples medios o mercancías.
En este feroz sistema, el hombre ha dejado de ser el sujeto responsable de sus males, se ha convertido voluntariamente en objeto de mercado, de rentabilidad económica. Este es el perfeccionamiento último de la alienación de la que Marx habló en su teoría del capital. Pero la opulencia de unos no puede darse gracias a la miseria extrema de otros, pues puede acabar justificando que la ley de la jungla en que vivimos acabe actuando al revés y el hambriento, el perseguido o el marginado se sientan legitimados (que ya lo están) para luchar contra quien le oprime mediante la acción o la indiferencia, o sencillamente para decidir sentarse a nuestra mesa por las buenas o por las malas. El liberalismo ha dado a luz una nueva subclase social: el hambriento.
Esa subclase social, sin conciencia de ello, sino tan solo de la proximidad de su muerte o la de sus hijos, la forman 860 millones de personas que no tienen con qué alimentarse. Mientras, según informa la ONU, el planeta podría abastecer sin problema alguno al doble de la población mundial, es decir a doce mil millones de personas. Sin embrago, el número de muertes por enfermedad a causa del hambre sigue creciendo escandalosamente. Aún así, de las aproximadamente 2.800 moléculas que las principales multinacionales farmacéuticas adaptan o transforman para generar medicamentos durante 2007, tan sólo 13 de ellas se destinaron a medicamentos para tratar enfermedades exclusivas de los países más pobres. Esa es una muestra más de que las industrias farmacéuticas aspiran tan solo a vender y rentabilizar sus productos.
Como apunta Jean Ziegler, estamos asistiendo a una refeudalización del planeta, es decir, se están monopolizando las riquezas y los alimentos en manos de unas pocas empresas a las que incesantemente llegan beneficios desorbitados. Para estas empresas nada hay fuera del universo de la rentabilidad. De ahí que muchos de los grandes bancos hablen de crisis profunda cuando sus beneficios no vengan siendo del 25% y ahora lo sean del 24´96%, por ejemplo.
Estos hechos muestran que el capitalismo no ha fracasado. No lo ha hecho porque no aspira a un objetivo humanizador y ético. Por ello, no defraudará a sus mentores, los cuales tampoco tienen identidad precisa.


El lejano próximo

Dice Cristovan Buarque, citado por Leonardo Boff, que una parte muy importante del problema de la pobreza estriba en que desde occidente no calificamos al pobre como semejante, como prójimo, que quiere decir “próximo”. Por lo general, la pobreza está muy retirada espacialmente de la opulencia, casi forma parte de una cualidad ajena a lo humano, porque lo humano desde la opulencia solo parece tener que ver con lo saludable. La miseria no nos afecta, tan sólo la vemos en televisión durante los segundos que nuestra vergüenza nos permita.
Pero este espejismo puede romperse, y de seguir así todo, es más que posible que acabe rompiéndose. Vendrán a nuestra mesa y nos harán entender su semejanza, su derecho, que para el hombre no hay frontera convencional que no pueda saltarse. Dice Buarque que “podemos no sólo ser desiguales, sino desemejantes, pues no nos sentimos del mismo género humano. Sólo erradicaremos la pobreza si nos sentimos semejantes, en caso contrario la humanidad se bifurcará”.
La conciencia de individuo se acomoda en occidente sintiéndose incapaz de luchar contra la pobreza. El individuo justifica su omisión de acción porque considera que las medidas deben ser globales si se quieren efectivas. Creemos interesadamente que trascienden al individuo. Aún así, la distancia entre decir “yo no puede hacer nada” y “yo no puedo hacer nada más” es infinita. Esta inhibición del individuo es conocida por muchos gobiernos, lo cual ha hecho que el conjunto de los países más ricos del planeta ya destinen la mitad de ayuda al desarrollo que lo que se destinaba en promedio en los años sesenta. Esta vergonzosa actitud, hace que el ciudadano acabe echándose a la arena de al acción creando numerosas ONG´s fruto de un voluntariado desinteresado al que no llegan los gobernantes de la opulencia.
Otro factor que causante de la inhibición en la búsqueda de acciones especialmente desde occidente consiste en creer que el problema sólo afecta al que padece miseria extrema. Lo expone muy acertadamente Frei Betto cuando dice: “si el hambre es el principal factor de muerte precoz y vergüenza para la civilización del siglo XXI, ¿por qué no provoca movilización? Por una razón cínica: al contrario del terrorismo y de la guerra, del cáncer y otras enfermedades, el hombre hace distinción de clase. Sólo alcanza al miserable”. Es por ello que todo se reduce a un problema de voluntad política que, históricamente sólo se ha activado cuando ha habido una movilización de la voluntad general de la sociedad que se ha levantado contra otras injusticias, tal como lo fue la abolición de la esclavitud, la disolución de regímenes dictatoriales o el fin del terrorismo en algunos países.
Según las cifras manejadas por el Diario Público en España en su edición del 10-08-2008, en Brasil sólo en los últimos cinco años la tasa de miseria ha bajado del 34´96% al 25´16%; el porcentaje de indigentes se ha reducido casi en tres millones de personas y en el último año el empleo creado ha llegado a 1.881.092 puestos de trabajo más. Este último ha sido el principal antídoto contra la pobreza en este país, lo cual hace pensar que la voluntad política esconde detrás otro escenario causal no tan hilarante. Y es que este espectacular crecimiento es fruto de sumar un país más a la dinámica capitalista de las multinacionales que generan más desigualdad internacional esquilmando a base de explotación a países llamados “en desarrollo”. En 2003 Brasil recibió 101.000 millones de dólares y los inversores enviaban a sus países matrices por valor de de 5.700. En 2007 las inversiones crecieron hasta los 346.000 millones, pero los beneficios de los países inversores pasaron a 224.000 y la escalada sigue descontrolada. Otros efectos son que los tipos de interés están creciendo hasta el 14%, lo cual acaba perjudicando mucho más al país productor que a la multinacional que se asienta en él.
Por eso, las multinacionales de la energía, principalmente estadounidenses, comienzan a padecer la fiebre del “oro brasileño” y ya han comprado 20 millones de hectáreas de tierra para producir caña de azúcar, lo cual estaría muy bien para producción de alimentos, pero el objetivo no es ese, sino producir etanol ya que generarlo desde el maíz, como en EE.UU, es mucho más caro. En definitiva, este espectacular crecimiento es todo un maquillaje que tiene como motor la creación de empleo, el cual acaba generando más riquezas para el país explotado, pero muy especialmente para las grandes multinacionales que necesitan mano de obra barata y con pocos derechos laborales, situación imposible en sus países de origen. Por ello, estos cambios no son precisamente los que ayudan a que estos países “colonizados” tengan por sí mismos más posibilidades de integrar su producción en el mercado internacional, pues competirían a precios mucho más bajos y eso es lo que se debe evitar.


Recetario para opulentos

Nuestra sociedad ha decidido ser caprichosa. Ha decidido producir incontroladamente hasta que su producción no puede disolverse en ventas de mercado y entonces generan crisis y hambrunas cada vez mayores. Se encuentra hastiada, luchando contra el aburrimiento o el envejecimiento. Ese aburrimiento nos empuja bien a generar fanatismos o a un nihilismo pasivo y enfermizo que es directamente proporcional al número de suicidios en las llamadas “sociedades avanzadas”.
En ese escenario, como dice Carl Gunnar, “los hombres no quieren que se les enseñe a pensar, prefieren que se les diga en qué han de creer”. No son las ideologías las que han muerto. Simplemente se ha deteriorado algo previo a la ideología y que es condición necesaria para su surgimiento: la creencia, la cual se ha convertido en fundamentalismo religioso o dogmatismo. Si el paso previo a la idea es la creencia, la salud de las ideologías es de difícil diagnóstico y cada vez son más escasas. Por ello, los partidos políticos necesitan cada vez más de lo que llaman “laboratorios de ideas”. Esto demuestra que hemos perdido la creatividad como factor humanizante. Es decir, no sabemos, o no queremos saber ofrecer soluciones eficaces a problemas como la miseria extrema o el hambre. Hemos perdido la creatividad, y con ella también la vergüenza y el sentimiento de culpa como bien dice Pascal Bruckner.

Las soluciones que los países ricos ofrecen para sus males en tiempos de crisis son trabajar más, más barato y con intereses más altos. La UE pretende fijar la jornada laboral semanal en 65 horas, y aunque eso sólo afecta a casos muy concretos, la directiva se enmarca dentro de un espíritu laboral completamente regresivo, siendo más digna del siglo XIX que del actual. El problema es que en el siglo XIX si tuvieron otros países que colonizar para explotarlos y expoliarlos. Entonces nos llevamos lo mejor de sus riquezas y ahora sus moradores sumamente empobrecidos no entienden de fronteras y desean venir a los países que se enriquecieron a su costa. Es curioso que esto nos sorprenda. Pero hoy la colonización adopta otras sutiles formas de explotación, como ocurre con el anterior caso mencionado de Brasil.

Las soluciones, aun siendo complejas, no lo son tanto como se pretende hacer creer, especialmente desde los grandes organismos internacionales como la OMC. Es evidente que el problema de la pobreza y el hambre en el mundo son fundamentalmente de voluntad política. Lo muestra un hecho sorprendente muy bien expuesto por Soledad Gallego-Díaz en un artículo publicado recientemente en el diario El País. En él analiza el “Consenso de Copenhague”, una iniciativa del gobierno danés por medio de la cual ha reunido a los 8 mejores economistas del mundo (cinco de ellos han sido Premios Nóbel) para pedirles cómo priorizarían ellos un montante de 75.000 millones de euros durante cuatro años para mejor beneficio de los mismos en la comunidad internacional. Elaboraron un listado con los 10 objetivos que consideraron más urgentes y más rentables. Asimismo, desglosaron el gasto que cada objetivo acarrearía. De esos 75.000 millones, el primer objetivo en prioridad tan sólo costaría 60 millones de dólares al año. Pero lo sorprendente es el contenido de ese objetivo: dotar de vitamina A y zinc al 80% de los 140 millones de niños subalimentados o malnutridos en los países más pobres. Todos ellos coincidieron en que la relación coste-beneficio sería altísima, pues generaría beneficios intelectuales y en la salud en esa población no se superarían por ningún otro objetivo. La segunda prioridad es aún más sorprendente puesto que no costaría ni un solo dólar. Se trataría de poner en marcha y cumplir definitivamente algunos aspectos de la “Agenda de Doha para el Desarrollo” y hacer que la Organización Mundial del Comercio liberalice sus mercados, eliminen barreras arancelarias y reactiven el comercio mundial haciendo que los países más pobres logren introducir su producción en el mercado libremente.
Sin embargo, es curioso, aunque más bien diría sospechoso, que la OMC no quiera ni oír hablar de ciertas recetas que atacarían el problema en su corazón mismo, como son:
1.- Condonar la totalidad de la deuda de los países más pobres.
2.- Establecer una Reforma Agraria y tributaria para desconcentrar la renta en esos países.
3.- Ofrecer medios de producción suficientes, tanto humanos, como técnicos y de materia prima.

La OMC parece querer seguir hablando falazmente de crear empleo como la panacea para eliminar la pobreza. Pero esa iniciativa sólo interesa de forma especial a las multinacionales de la alimentación y de la energía, especialmente para ser llevada a países en desarrollo, como es el caso de Brasil. Como bien dice Frei Betto, la solución tampoco pasa, ni siquiera transitoriamente, por el envío de alimentos a las zonas más azotadas, ya que esa medida genera 4 graves errores:

a.- justifica los subsidios agrícolas.
b.- destruye culturas locales que giran en torno a ciertos cultivos autóctonos.
c.- aumenta la dependencia de los beneficiarios.
d.- favorece a los políticos corruptos y redes mafiosas.

Otro factor complejo en su análisis es la denominada “superpoblación”, que más bien es un problema de desigual reparto de la misma más que de un exceso para el planeta. Si comprobamos la evolución de la población y la del desarrollo tecnológico en los que más han crecido vemos un desequilibrio muy acusado. Esa fractura ha generado aún más pobreza. Especialmente durante el último siglo el desarrollo tecnológico ha acompañado casi exclusivamente a los que menos han crecido, lo cual ha generado una ruptura o una bifurcación difícil de recomponer. A principios del mismo la población era de 1650 millones de habitantes, en 1975 se pasó a 4.000 y actualmente ya somos más de 6.000 millones.


El futuro rol de la Izquierda

Especialmente en Europa, la izquierda parece estar anestesiada. Lleva más de 20 años lamentándose de haber perdido espacios ideológicos que sigan dándole contenido, motivos de acción y transformación de la realidad. La lucha contra el hambre, la marginación o la miseria extrema como frutos de un liberalismo y un capitalismo salvaje siempre debieron ser espacios reales que mueven la utopía de la izquierda.
Se hace urgente retomar la razón ilustrada que se proponía liberar al hombre de la falta de autonomía fruto del miedo, de las injusticias, de los mitos que conducen al nihilismo o al fanatismo. Nada de eso está conseguido, más bien el hombre hoy está subyugado por sí mismo y parece cada vez más indiferente a la injusticia, ante lo dado.
El objetivo es retomar esa razón como un instrumento al servicio del hombre, que es el fin último de toda acción y nunca un medio para lograr propósitos o inclinaciones viciadas por el egoísmo. La situación actual es la contraria: la razón renuncia plantearse lo que puede o no puede hacerse escudándose hipócritamente en una ineficacia del individuo ante la globalización. De esa forma buscamos nuestra inocencia haciéndonos creer que las decisiones trascendentales sólo pueden tomarse desde el poder establecido.
Max Horkheimer proponía ya en los años 60 la vuelta urgente a la razón crítica, a la razón en su función genuina que no despreciaba las utopías, pues antes al contrario, eran el motor que aspiraba a fines humanos. Esta concepción de la utopía no la hace sinónimo de “imposible”, sino más bien de güía o estímulo.
Occidente no puede seguir siendo un castillo asediado por los más pobres, por los marginados o los perseguidos. No puede seguir creyendo que estos problemas se solucionan con fronteras físicas o virtuales cada vez más altas, que finalmente siempre son traspasadas, pues para el hambriento o el perseguido no hay nada que perder en su huida y por ello no hay frontera suficientemente alta.
Poco a poco cobra más sentido lo que Horkheimer y Adorno preveían: occidente intenta hacerse creer a sí mismo que lo que ocurre en un mundo globalizado como el nuestro es inevitable, aunque todo es un pretexto cobarde para que nada cambie e intentar con ese anonimato librarnos de nuestra parte de responsabilidad ante el sufrimiento injusto de millones de seres humanos.


Santos Ochoa Torres
16 de agosto de 2008

(Artículo Publicado en www.rebelion.org el día 09-09-08)

martes, 3 de junio de 2008

Necesidad de saber: la Guerra Civil española


“La Libertad no hace más feliz al Hombre,
tan sólo le hace más humano”

Manuel Azaña.


Un artículo de Santos Ochoa Torres

Son incontables los testimonios que evidencian que el 18 de julio de 1936 el objetivo de los golpistas contra el Gobierno de la Iiª República española era exterminar calculadamente al contrario. El general Mola, el día 19 de julio exige a los suyos que “hay que sembrar el terror (…) eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros”. También en la misma línea, el capitán Aguilera, jefe de Prensa de Franco durante la Guerra Civil, dice: “tenemos que matar, matar y matar. Son como animales. Al fin y al cabo ratas y piojos son portadores de la peste. Nuestro programa consiste en exterminar a un tercio de la población masculina. Con eso se limpiaría el país. Además también es conveniente desde el punto de vista económico: no volvería a haber desempleo en España”. En la campaña también participaron numerosos jerarcas de la iglesia católica, como el obispo de Vic, Joan Perelló, que recomendaba una “profilaxis social” y pedía un “bisturí para sacar la pus de las entrañas de España”. El mismo Franco no escondía sus intenciones cuando declaraba a la prensa internacional que estaba “dispuesto exterminar si fuese necesario a toda esa media España que no me es afecta”.

Algunas cifras

Las cifras del genocidio franquista son estremecedoras. A finales de 1936 las tropas de Franco ya habían fusilado, bajo órdenes oficiales, a 50.000 personas. Según el ex –fiscal general del Estado, Carlos Jiménez Villarejo, “los presos políticos fallecidos, entre los que se incluía a los fusilados tras un “proceso” y los muertos en las cárceles, desde abril de 1939 hasta el 30 de junio de 1944, fueron 192.684”. Suponía una media de 105 muertos diarios durante esos cinco años (terminada la Guerra Civil las tropas de Franco no tuvieron reparo alguno en fusilar a menores de edad, tómese como ejemplo a las tristemente famosas “Trece Rosas” en Madrid).

Otros historiadores, como Paul Preston, apuntan a que fueron 180.000 los ejecutados durante la Guerra Civil y los primeros años de la dictadura. A las ejecuciones acompañaron 250.000 exiliados y 280.000 presos en cárceles (el 10 por ciento de la población activa), 190 campos de concentración que acogieron 350.000 detenidos y 200.000 presos esclavizados a trabajos forzados sin remuneración ni derecho alguno para reconstruir las infraestructuras del Estado. La vida social “normal” también se vivía con cientos de miles de represaliados y expulsados de sus trabajos por no ser afectos a Franco.

La idea del exterminio llegó incluso hasta el punto de que acabada ya la Guerra Civil, a mediados de 1939, Franco se dirigió a los aproximadamente 180.000 exiliados en ese momento, animándoles a volver sin temor alguno si sus conciencias estaban limpias. Fue una trampa más: se les puso a disposición de tribunales militares y tras un “juicio-farsa”, muchos fueron ejecutados. A otros muchos exiliados se les aplicó lo que Javier Rodrigo ha dado en llamar “memoricidio”: se les privó de la “nacionalidad española”. Murieron en campos nazis de exterminio (Franco estaba puntualmente informado).

A pesar de todo, aún hoy el franquismo no goza de mala prensa en nuestras calles. No faltan voces que afirman que el régimen franquista no fue tan sanguinario, que el exterminio no fue tan grande. Pero cabe preguntarse, si el genocidio franquista es más o menos monstruoso por el número de vidas humanas contabilizadas.

Los franquistas no tuvieron contemplaciones para asesinar impunemente. El entonces coronel Yagüe respondía a los medios de comunicación: “Naturalmente que los hemos fusilado, ¿pensaban que me llevaría conmigo a 4.000 rojos mientras mi columna avanzaba luchando contrarreloj? ¿Debía dejarles a mis espaldas permitiéndoles que hicieran de Badajoz una ciudad roja?”. La locura de los franquistas alcanzó el nivel de permitir que oficiales y médicos alemanes realizasen experimentos y prácticas de exterminio (1937 y 1938) en campos de concentración españoles.

La Historia guarda en su seno las aberrantes declaraciones que los militares golpistas hicieron durante el genocidio, animando a sus soldados a violar y asesinar mujeres. El general Queipo de Llano, al acabar la Guerra Civil, en sus discursos emitidos por radio espetaba: “vayan las mujeres de los rojos preparando sus mantones de luto (...), estamos dispuestos a aplicar la ley con firmeza inexorable: ¡Morón, Utrera, Castro de Río, id preparando sepulturas! Yo os autorizo a matar como a un perro a cualquiera que se atreva a ejercer coacción ante vosotros; que si así lo hiciereis quedaréis exentos de toda culpabilidad”, “¿qué haré? pues imponer un durísimo castigo para acallar a esos idiotas congéneres de Azaña. Por ello, faculto a todos los ciudadanos a que, cuando se tropiecen con uno de esos sujetos, lo callen de un tiro. O me lo traigan a mí, que yo se lo pegaré”, “Nuestros valientes legionarios y Regulares han enseñado a los cobardes de los rojos lo que significa ser hombre. Y de paso, también a sus mujeres. Después de todo, estas comunistas y anarquistas se lo merecen, ¿no han jugado al amor libre? Pues ahora por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricas. No se van a librar por mucho que forcejeen y pataleen”.
La represión alcanzó todos los planos y rincones del país. Casi la totalidad de los intelectuales y profesores de Universidad tuvieron que exiliarse o fueron expulsados de sus puestos. Comenzó a reivindicarse lo medieval, los Reyes Católicos, la música sacra, la idea del imperio y se impuso una censura feroz. Se denostó cualquier atisbo o logro consolidado de la misma Ilustración. El propio Franco, proponía “la restauración de la clásica y cristiana unidad de las ciencias, destruida en el siglo XVIII”.


Las cárceles

Ramón Serrano Suñer, cuñado de Franco y ministro de la Gobernación en 1939 y 1940,dirigió todo el sistema penitenciario en esos momentos, en los que los fallecimientos en las cárceles por hambre y epidemias, fueron tantas como las ejecuciones. La prisión de Córdoba, por tomar un ejemplo, en 1941 tenía registrados 502 muertos.

Las detenciones ilegales eran mucho más que habituales y en infinidad de casos se encarcelaba sin causas que las justificaran; y lo peor, ni siquiera con una denuncia motivada. Las denuncias se fabricaban en modelos estándar, con posterioridad a la detención, cuando el detenido ya se encontraba en prisión. Se encarceló indiscriminadamente, incluso por pedir mejoras salariales o condiciones laborales mínimas. Tal es así, que la regulación jurídica de la figura de la “detención ilegal”, también llamada “Habeas Corpus”, no se tipificó hasta 1956. Las detenciones se prolongaban sin límite de tiempo; no existía control judicial de ningún tipo. Los detenidos al ser conducidos a prisión, normalmente eran exhibidos en los sitios públicos más señalados después de haber sufrido incontables palizas. Muchos fueron fusilados sin que siquiera tuvieran un “juicio-farsa”. Otros, pasada la guerra, tuvieron un “juicio” que sobreseía la causa por la que se les encarceló, cuando el preso ya había muerto en la cárcel años antes (de hambre, enfermedad o asesinados a palizas).

Entre 1939 y 1943, en el primer y más sanguinario franquismo, según el historiador Antonio Miguel Bernal, el número de presos llegó hasta los 550.000. El trato fue inhumano. Sirven como modelo de ello las palabras que el director de la Cárcel Modelo de Barcelona ofrecía a los presos por megafonía todas las mañanas: “Tenéis que saber que un preso es la diezmillonésima parte de una mierda”.

Especialmente crueles fueron las cárceles para mujeres, donde había reclusas con bebés, o niños de muy corta edad: morían de hambre, enfermedad o miseria, sin asistencia médica alguna. Los médicos sólo certificaban la muerte.

Una de las cárceles de mayor número de muertos, en los años 40, fue la de Toledo, con un total de 680. Es importante señalar de paso que esta ciudad no tuvo agua corriente hasta el año 1948, y cuando se consiguió, el franquismo lo vendió propagandísticamente como una “obra directa del Caudillo, que ha resuelto al fin este problema de Toledo que no consiguieron resolver ni íberos, ni romanos ni árabes...”. Pero aún con la propaganda franquista contra la realidad, esta era desgraciadamente tozuda: sólo en 1941 hubo 50.000 muertos por infecciones gastrointestinales; la tuberculosis se cobró 26.000 vidas anuales entre 1940 y 1942.

El sistema carcelario llegaba a tremendas crueldades: cuando llegaban las órdenes de ejecución de presos, la relación se leía en voz alta: algunos funcionarios llegaban al éxtasis cuando pronunciaban nombres muy comunes. como Pedro, Juan o José, y tras una pequeña pausa pronunciaban el apellido, para desmoralizar y así mantener la máxima tensión en el auditorio.

La corrupción entre los funcionarios de prisiones era general: vendían por dinero la libertad a los presos, cuando ya sabían que la tenían concedida. Algunos reclusos eran obligados a comprar su vida pagando a funcionarios, para que en su lugar fuera ejecutado algún desgraciado sin familia ni amigos que le pudieran echar en falta. Otros debían reunir hasta 500.000 pesetas (de la época) para ser librados de una ejecución segura. En la cárcel de mujeres de Amorebieta, estas mañas las realizaban las monjas oblatas, como apunta el historiador John Lynch.

Para beber solía repartírseles cada tres días poco más de un vaso de agua por preso, En algún caso, como en Albacete, sólo había un retrete para 1.000 personas. En la cárcel de Ventas (Madrid), se hacinaban miles de mujeres con sus hijos, enfermos de disentería, plagados de piojos. La alimentación, cuando la había, consistía en berzas, nabos o vainas de habas hervidas.

Se ensañaban con los presos: las torturas eran el medio habitual de recabar información o simplemente el instrumento para alimentar el sentimiento fascista. El poeta Marcos Ana, preso político durante la dictadura, refiriéndose a la tortura, dice: “los métodos eran poco refinados, simplemente te apaleaban bárbaramente. Muchos se les quedaban entre las manos. Pero a fin de cuentas, al tercer golpe perdías el sentido y se acababa la tortura”. Las prácticas de tortura eran puramente inquisitoriales. Como cita John Lynch, Petra Cuevas, fue interrogada ante el mismísimo Carlos Arias Navarro. “En los dedos, dice ella misma, me enroscaron cables como si fueran anillos y me enchufaban y me volvían a enchufar con las manos empapadas en gasolina, para que la corriente fuera más fuerte. (…) Entonces empezaba a salir sangre de los dedos como un surtidor”. Algunas mujeres fueron brutalmente apaleadas hasta dejarlas estériles, después de haber sido violadas. Muchas de las que sobrevivieron perdieron su juventud en las cárceles.


Esclavos para obras del Estado

El hacinamiento se aliviaba utilizando a miles de presos como mano de obra forzada, en régimen de semiesclavitud, para cederlos casi gratuitamente a muchas empresas privadas afectas a Franco. Esas empresas se enriquecieron fácilmente. Los presos esclavos construyeron embalses, canales, carreteras, ferrocarriles, el mausoleo de Franco y José Antonio Primo de Rivera (en el Valle de los Caídos), extrajeron carbón y mercurio…

Los esclavos fueron un magnífico negocio: mano de obra gratis, sin derecho alguno: el mejor sueño del capitalismo. Los grandes terratenientes también se beneficiaron de esta mano de obra, creando importantes obras de regadío o trabajando sus propiedades sin pagar ni una sola peseta. Solamente en Andalucía, gracias al trabajo forzado de los presos se llegaron a transformar 74.000 hectáreas en cultivos de regadío que generaron importantes fortunas. En general, el Estado y casi la totalidad de las infraestructuras se reconstruyeron desde esta filosofía capitalista del trabajo y la economía: opresión del trabajador, convertido en esclavo.

Después inventaron el Sistema de Reducción de Penas por el Trabajo, idea del sacerdote jesuita José Antonio Pérez del Pulgar, el cual no era partidario de ningún tipo de piedad con los vencidos. Unas palabras suyas ilustran sus deseos de venganza: “no puede exigirse a la justicia social que haga tabla rasa de cuanto ha ocurrido”. Según las memorias anuales remitidas a Franco por el Patronato para la Reducción de Penas (1939-1970), los beneficios obtenidos por el Estado a costa de los trabajos forzados de sus prisioneros fueron de 130.000 millones de pesetas (unos 780 millones de euros). De esos ingresos, el 75 % del salario de los presos era ingresado por el Patronato en una cuenta del Banco de España a nombre del entonces subsecretario de la Presidencia del gobierno, Luis Carrero Blanco.

Es evidente que el país seguía en guerra después de 1939, aunque las trincheras ya no existieran y los tiros ya sólo vinieran de una de las partes. A pesar de todo, para general bochorno, España continúa plagada de monumentos de exaltación del fascismo y del franquismo, contra la democracia.


Niños, familia y Auxilio Social

En 1943, 12.042 niños fueron apartados de sus padres con el pretexto de protegerles del psiquismo fanático de los “rojos”. Como afirmaba el psiquiatra y comandante médico Antonio Vallejo Nájera, el Mengele español, personaje de total confianza de Franco, los “rojos” eran “criminales empedernidos sin posible redención dentro del orden humano”, y por ello se hacía necesaria la “segregación total de estos sujetos desde la infancia”. Estos niños de los que hablo, una vez que se les cambió el nombre, fueron entregados en adopción a familias de orden, muchas veces para suplir las carencias de hijos por esterilidad.

Es mucha la documentación y los hechos que ponen de manifiesto los robos y la desaparición de hijos de republicanos, entregados en adopción a familias adeptas al franquismo. Todo con la excusa de que había que “reeducar a los hijos de los rojos” alejándoles de la “influencia perniciosa” que los padres creaban en sus hijos, y así poder conseguir el “español genuino” (Vallejo Nájera). Incluso se repatriaron a muchos niños de padres republicanos, sin su consentimiento, que habían sido enviados durante la Guerra Civil al extranjero para protegerles de la guerra. Se les repatriaba para entregarles en adopción.

Muchos niños murieron en las cárceles de hambre, frío o enfermedad, al lado de sus madres, sin asistencia médica alguna. Otros perdieron su infancia en el Auxilio Social, donde fueron maltratados y sometidos a abusos. En tan siniestros lugares de presunta caridad, los niños escuchaban todos los días que estaban por misericordia: eran hijos del demonio, no merecían nada.



La posguerra

La política agraria de posguerra fue calamitosa. Los salarios se redujeron a la mitad (no volvieron a los niveles de 1931 hasta 1956). La economía era intervencionista y autárquica, de pura subsistencia. El desastre estaba causado por la nula inversión en maquinaria, en fertilizantes, en mejoras agrarias. Las principales inversiones eran para el ejército, siempre alerta contra la democracia.

La hambruna de los años 40 se debió al hecho de tener que pagar la deuda militar a Alemania e Italia, contraída durante la Guerra Civil. Ni Alemania ni Italia regalaron nada: la guerra fue puro negocio. Sin embargo, Franco, inepto en todos los campos, culpaba de la desastrosa situación económica a cosas tan peregrinas como la “pertinaz sequía”. En cualquier caso, nada más acabar la guerra los franquistas expoliaron los llamados “depósitos marxistas”, repartiéndoselo como botín de guerra entre unos pocos. Esos depósitos almacenaban productos agrícolas y alimentos. Aún así se encargaron de estigmatizar a los republicanos, tildándoles como ladrones o pésimos gestores.

La industria se impregnó de un fuerte espíritu castrense: los trabajadores fueron esclavizados, llegando incluso a emplear a menores de 14 años (en la Agricultura se utilizaron a menores de 10 años). Se bloqueó completamente la escala de crecimiento económico, iniciada con la República; y Franco acabó aislando totalmente a España, condenándola a una carestía tercermundista. Esta situación generó grandes bolsas de pobreza y de corrupción por parte de los administradores del régimen. El PIB de 1935 no se alcanzó hasta 1951. En 1940 la renta nacional retrocedió al nivel de 1914. Se paralizó el desarrollo y el retroceso científico y económico volvió a situarse en niveles del siglo XIX.


El sentido franquista de la patria

Los primeros veinte años de dictadura no sirvieron para modernizar el país, ni para sacarlo de la miseria. A los que dicen ser “amantes de la patria”, hay que recordarles que no es posible la patria sin identidad, ni tampoco la identidad sin memoria. ¿Puede saber alguien quién es y reconocerse si no recuerda nada de su pasado? Los que ahora se llaman patriotas pertenecían durante el franquismo a los sectores mejor instalados de la dictadura. Los años comprendidos entre 1930 y 1936 fueron muy duros y difíciles. Los autodenominados patriotas, en lugar de colaborar con su país, empeoraron la situación económica con despidos y evasión de capitales a otros países. Buscaban protegerse, provocando a la vez una importante devaluación de la moneda.
Y no parece que hubiera mucho patriotismo cuando el mismo Franco y su cuñado, Serrano Suñer, mantuvieron una entrevista en septiembre de 1940 con el ministro nazi de exteriores, varón Von Ribbentrop: acordaron que todos los españoles republicanos exiliados, los que lograron cruzar la frontera con Francia, fueran exterminados. Las pruebas están en los campos de exterminio de Mathausen, Auswitch, Buchenbald… Aproximadamente 8.700 españoles estuvieron presos en campos de exterminio: murieron más de 5.000. De esta situación era perfecto conocedor Franco y su régimen.

Las condiciones de los refugiados en campos de concentración eran inhumanas: sin comida, sin agua, durmiendo a la intemperie. Especialmente vejatorios fueron los campos franceses, cercados de alambre de espino, en las playas de las marismas del Mediterráneo. Cuando las tropas alemanas ocupan Francia, muchos campos integrados por españoles pasaron a manos nazis. El sentido patriótico de Franco le llevó a pedir al mariscal Petain la extradición de 3.617 dirigentes republicanos. Franco ordenó fusilar a una parte de los extraditados y a la otra se le condenó a cadena perpetua.

Ni los campos de concentración ni las cárceles fueron instrumentos de reinserción. Se utilizaron para eliminar y exterminar físicamente a los “rojos”, calificados de “criminales empedernidos sin posible redención dentro del orden humano”. En todos esos “lugares” las muertes por ejecución, los disparos azarosos, el hambre, la enfermedad, la vejación extrema, se convirtieron en algo habitual.


El aislamiento

Sin la ayuda que Franco recibió de Alemania e Italia (aunque también del gobierno de EE.UU, que permitió que sus empresas suministraran combustibles a los sediciosos vía Portugal) ni siquiera hubiera sido posible equipar y desplazar el ejército desde África a la península. Francia e Inglaterra decidieron intervenir contra el gobierno democrático de la República: fabricaron la “no intervención” y la maniataron, dejándola a merced de los golpistas y sus activos aliados. La ayuda que la República recibió de Rusia fue poco más que testimonial, tardía y casi ridícula si la comparamos con la recibida por Franco a crédito. Acabada la guerra civil, Franco debía a Alemania e Italia, sólo en oro, aproximadamente 2.000 millones de pesetas. Esa deuda había que devolverla pronto: Alemania necesitaba medios para la guerra en Europa. Franco, en 1941, hace algún gesto: la creación de la División Azul y el suministro gratuito de Wolframio a Alemania (interrumpido en cuanto el Gobierno USA se lo ordenó a Franco). La División Azul, que llegó a contar con 47.000 soldados, mantuvo a aproximadamente 18.000 soldados en el frente Ruso, aunque fueron relevados.

El 21 de agosto de 1941, los gobiernos de España y Alemania firman un convenio: Alemania recibiría 10.500 trabajadores españoles (viajaron engañados por la propaganda franquista y fueron tratados casi como esclavos). Además, cuando Alemania invade Francia, otros 40.000 republicanos exiliados fueron incorporados a batallones de trabajo. Otros 12.000 más fueron a parar a campos de exterminio. El apoyo de Franco llegó incluso a 1943, cuando firma un delirante protocolo secreto que pretendía impedir el paso a los aliados por España si estos así lo decidieran.

Los gestos de Franco, puesto que no pueden ser tomados de otra manera, provocaron que Estados Unidos y Gran Bretaña rompieran relaciones con España, lo cual implicaba la suspensión de relaciones comerciales y, por tanto, la restricción del suministro de petróleo. Lógicamente, esto debilitó aún más la economía.

El aislamiento empobreció tanto a España, que hasta los bienes de primera necesidad se racionaron. Los precios cayeron, originando el estraperlo y un mercado ilegal, de abusos generalizados contra los pobres (especialmente contra los no adeptos al régimen). En la década de los 40 la economía fue de pura subsistencia. El retroceso económico provocó un grave retroceso sanitario que trajo enfermedades erradicadas a principios de siglo XX, como la sarna o la tuberculosis.


Ilegitimidad del franquismo

En España, las derechas siempre han justificado sus golpes de Estado o intentonas como cuestiones preventivas para salvar la patria, su patria. Y nunca acaba por comprenderse la legalidad del franquismo. Si el objetivo de los franquistas era, como decían, ordenar el caos existente antes de 1936, no se entiende como una vez ganada la guerra no se preparó un camino progresivo a la democracia.

El golpe de Estado fracasó en media España, por la dura resistencia de los sindicatos; pero los golpistas muy posiblemente tampoco esperaran necesariamente su triunfo inmediato: todo pudo obedecer a un plan de exterminio preconcebido, frío y calculado al milímetro, zona a zona, pueblo a pueblo. No es por tanto una casualidad o un descuido el que el “Estado de Guerra” continuase oficialmente en vigor en la legislación franquista hasta 1948.

Se ha acusado sin ningún fundamento, fabricando por tanto una mentira más, que la República fomentó la ilegalidad y el descontrol social, porque hubo muchos grupos incontrolados que buscaban saciar el hambre o resarcirse de las crueldades que recibieron de las clases adineradas. Esos grupos nunca actuaron obedeciendo órdenes superiores: hay incluso telegramas y órdenes expresas que se enviaban desde los gobiernos civiles a las poblaciones pidiendo acatar la legalidad. En cambio, los franquistas, todos los sediciosos, muy disciplinados, nada hacían sin una orden oficial.

Acabada la Guerra, el objetivo era aplicar descaradamente la “justicia al revés”, en palabras de Serrano Suñer. Se trataba de que los golpistas rebeldes condenasen por “adhesión a la rebelión” a cualquier republicano. Incluso se condenó a cualquier persona sin filiación política ni significación ideológica de ningún tipo, por no colaborar con los rebeldes para ir contra el gobierno democrático elegido en las urnas por la voluntad popular. Esta actitud cerril e intolerante no era nueva en la línea ideológica del franquismo. Son palabras de José Antonio Primo de Riera, ideólogo de Falange, pronunciadas el 29 de octubre de 1933 en el discurso de la fundación de su partido: “no hay más dialéctica admisible que la dialéctica de los puños y las pistolas cuando se ofende a la justicia o a la patria”. No es de extrañar, por tanto, que con recomendaciones así la guerra continuase bajo la forma de un violencia cotidiana contra los demócratas: las ejecuciones formaron parte de lo habitual y moralmente convenientes. Los informes que justificaban las ejecuciones eran avalados por el comandante de puesto de la Guardia Civil, por el alcalde, que solía ser el jefe de Falange local. En multitud de casos, la denuncia sobre alguien era posterior a la detención.

Cuando existía un “juicio”, las garantías procesales eran nulas. Sirva de ejemplo que el “defensor” era un militar, no un jurista. A veces, se condenaban a grupos enteros, de hasta 60 personas, a la misma pena: pena de muerte, aunque los motivos por los que se les acusasen fuesen diferentes. Los defensores, en una escenificada pantomima, se limitaban a pedir clemencia. Los acusados a veces ni siquiera eran interrogados, no existían testigos, no había relación alguna entre el acusado y su abogado, se les detenía sin explicación alguna. Las denuncias eran modelos estándar, idénticos, para multitud de personas: sólo cambiaban las firmas de los denunciantes y el nombre de los acusados. Y a los denunciantes, en muchos, casos se les obligaba a denunciar. En otras ocasiones no sabían lo que denunciaban, ni a quién. También hubo venganzas o querer demostrar ser adepto al franquismo… o se denunció para ocupar el puesto de trabajo que desempeñaba el denunciado.

Por hechos como los descritos, por tratarse de un régimen impuesto tras un golpe de Estado, el 12 de diciembre de 1946, en la Resolución 39 (1), la ONU excluye oficialmente a España de todos sus organismos e instituciones. Además, recomendaba a todos los países miembros que retirasen inmediatamente sus embajadores acreditados en Madrid. En la Resolución se llama literalmente “fascista” en varias ocasiones al régimen de Franco. La Resolución concluye que dicho régimen fue “establecido gracias a la ayuda de la Alemania nazi y a la Italia fascista de Mussolini” y alude a las acciones que Franco debió emprender para el pago de las ayudas militares, incluyendo la División Azul, la Legión Española de Voluntarios, el Escuadrón Aéreo Salvador, dinero en oro y mano de obra. La resolución es tajante cuando expone que “existen pruebas documentales incontrovertibles que evidencian que Franco fue parte culpable junto a Hitler y Mussolini en la conspiración encaminada a desencadenar la guerra (mundial)”. Por ello asevera que “el gobierno fascista de Franco, impuesto por la fuerza al pueblo español con la ayuda de Hitler y Mussolini (...) no representa al pueblo español”.
Ante tan contundente declaración, Franco respondió con la peregrina idea de alentar a las masas llamando a una multitudinaria manifestación contra la ONU y en apoyo a su persona y régimen fascista. Los hechos contribuyeron más aún a ahondar en el ya profundo aislamiento que España sufría en el orden internacional: desembocó en un régimen de pretendida autosuficiencia económica. El único país que mantuvo relación comercial fue la Argentina de Perón, político que aprovechó el aislamiento de España para vender trigo a un precio abusivo (trigo que se reenvió, sin desembarcar, desde Portugal a otros puertos de Europa, para pagar la deuda militar contraída por Franco). Franco ocultó los datos y guardó las apariencias mostrando su gran agradecimiento a Perón.


Delación y terror

Desde el inicio de la dictadura, Franco tuvo presente que el régimen no subsistiría sin la imposición social del terror. El mejor instrumento para lograr ese fin era la ejecución de pasivos, desafectos e izquierdistas de cualquier signo.

En julio de 1939, en su viaje a España, el conde Ciano, ministro de Exteriores de Italia, cuñado de Mussolini, en su diario dice: “Todavía hay muchas ejecuciones. Sólo en Madrid entre 200 y 250 diarias, en Barcelona 150, o en Sevilla, una ciudad nunca gobernada por rojos, 80 diarias”. Se pretendía exterminar a una parte de la población e imponer entre ella un terror psicológico para que todo el mundo colaborase activamente con el régimen denunciando.

La justificación legal del genocidio franquista se contenía en la Ley de Responsabilidades Políticas, basada en la sospecha generalizada sobre cualquier individuo. Y se acudía a denunciar para vengarse, o como muestra de adhesión al franquismo. El historiador Julián Casanova lo deja muy claro: “la delación suponía tranquilidad, cuando no un premio para el delator”. Así lo reconocía, por ejemplo, Ungría, alto mando de la policía franquista cuando afirmaba que “la decisión policial subirá al prestigio de aviso patriótico”. La denuncia y la delación se convirtieron en vehículos neuróticos de salvación para muchos. A veces esas delaciones se forzaron incluso contra familiares, bajo la presión de las tortura.

Se creó un modelo aberrante en el que se invertía el principio fundamental del Derecho: la presunción de inocencia, mientras no se demuestre lo contrario. El principio era: “Todo el mundo es sospechoso mientras no se demuestre lo contrario”. Tenía como resultado una colaboración irremisible con el régimen. Los derrotados que no acababan en prisión, se enfrentaban a denuncias que llevaban implícitas las penas de inhabilitación en sus carreras y profesiones, el destierro, la pérdida o incautación de bienes, o simplemente el pago de sanciones que les llevaban a la miseria. Las sanciones las aplicaba un juez en función de los informes del jefe local de Falange, el comandante de puesto de la Guardia Civil. Algunas de las denuncias sólo aspiraban a usurpar el puesto de trabajo que dejaría libre el denunciado, que el delator ocuparía como premio a su denuncia. Se creaban oficinas de denuncias en las que en ocasiones se guardaba cola. El estado de sospecha llegaba, como apunta John Lynch, a extremos surrealistas, ya que “incluso los porteros de los inmuebles fueron convertidos en esbirros de la policía, que les obligó a pasar información sobre sospechosos y a denunciar a los que no asistían a misa los domingos”.


El aparato represivo


El franquismo fabricó un aparato represivo total. Uno de sus pilares fue el Tribunal de Responsabilidades Políticas, activo hasta 1966, sustentado en la Ley de Responsabilidades Políticas, de efectos retroactivos hasta 1934. La Ley clasificaba a los “rebeldes” izquierdistas en dos grandes grupos: los anteriores a 1936 y los posteriores a ese año. Con esta norma se materializaba legalmente la denominada “Justicia al revés”. Para completar todo un gran sistema, en marzo de 1943, los mismos que idearon y llevaron a cabo una rebelión contra el estado democrático, aprobaron la Ley de Rebelión Militar, con fines represivos y disuasorios. De haber aprobado la República una ley parecida en 1936, no hubiera sido posible un golpe militar. Es evidente que el dictador Franco tenía especial interés en reprimir cualquier actitud que se pareciera en algo a su comportamiento sedicioso para llegar al poder.

Cualquier sospechoso era expulsado de su puesto de trabajo, o no se les concedía permiso para abrir un negocio… y no podían presentarse a ningún concurso u oposición pública. Estas medidas represoras se aplicaron contra los maestros de escuela: se les persiguió por ser símbolo de cultura o educación, emblemas de la República. Así, 16.000 maestros fueron sancionados (de ellos 6.000 fueron inhabilitados) únicamente por defender el orden democrático y constitucional. El sistema de selección llegaba al descaro más cínico posible: se reservaban incluso puestos para combatientes de la División Azul (llegaron a ocupar el 80 % de los puestos más básicos de la Función Pública).


La gestión del Gobierno de la República

Posiblemente, el Gobierno de la IIª República priorizó equivocadamente sus reformas. Acometió antes la reforma del espíritu que la del estómago. Es decir, los cambios propuestos y puestos en marcha supusieron un impulso modernizador trascendental, pero en algunos casos fueron muy profundos, demasiado rápidos, como los que afectaron a la iglesia católica; y en otros casos fueron muy prometedores, pero demasiado lentos, como ocurrió en la Agricultura. La economía europea tampoco acompañó en positivo a la mejora de la situación española.

La economía española se encontraba sumida en un periodo de pobreza, de cambios políticos demasiado bruscos: generaron un clima de desconfianza. Los cambios en lo espiritual fueron inesperados. Los de la agricultura fueron muy prometedores pero lentos. Por ello, es posible que el orden contrario en el tiempo hubiera sido más eficaz e inteligente. Aún así, y aunque la Reforma Agraria no acababa de llegar, los pasos que se dieron en esa materia fueron aprovechados por terratenientes: la Ley dejó numerosos resquicios abiertos que sirvieron para la solicitud de importantes subvenciones que favorecieron sustancialmente a las clases altas, incluso más aún que con el gobierno de la CEDA. Provocó el malestar de braceros, labradores y clase trabajadora en general. Hay que sumar la evasión de capitales: provocó una devaluación de la moneda, situándola en niveles desconocidos hasta entonces. Todo este conjunto de actos y conspiraciones contra la República empobreció aún al país, provocando una fractura social preconcebida por las derechas, por las clases altas, con su peculiar y raro sentido patriótico.

Los beneficios que pudo reportar la Reforma Agraria no acabaron de llegar nunca, en gran parte también por la excesiva burocratización y por la inexistencia de créditos blandos destinados a la economía familiar. Además, la violencia se incrementó: fue decisiva también la intencionada brutalidad y la violencia de la policía, a la que el Gobierno no supo controlar.

El gobierno de la República quiso implantar reformas sociales, como las que estaban en marcha en muchos países europeos. Azaña apostó decidida y valientemente por una Educación libre, pública y de libre acceso como derecho fundamental para todos los españoles. Durante su gobierno se abrieron más de 7.000 nuevas escuelas de educación primaria y se habilitaron plazas suficientes de maestros. Con esta apuesta de universalizar la educación pública y gratuita se privó a la Iglesia Católica del monopolio que hasta el momento tenía sobre la Educación. Se nacionalizaron los bienes de la Iglesia católica y en 1933 se les suspendió la subvención estatal, situación ya dada en muchos países europeos, y que en España fue calificada de radical por parte de la derecha. La iglesia católica, en lugar de plantearse su auto-financiación, como ya ocurría en Francia o Alemania, reaccionó conspirando, situándose al lado de sediciosos y golpistas.

Las leyes modernizadoras de la República fueron un pretexto más de las derechas para alentar a la agitación y a la fractura social, sin olvidar el Bienio Negro, con el gobierno de derechas de Gil Robles, dedicado a generar represión, odio y resentimiento entre las clases obreras. La respuesta a la siembra de odio de las derechas fueron las urnas, en febrero de 1936.

Nada más ganar las elecciones el Frente Popular por abrumadora mayoría con 271 escaños frente a 177 del resto de formaciones, el mismo Franco, entonces jefe del Estado Mayor, nombrado por Gil Robles, trató de que Portela Valladares se mantuviera en el poder para declarar el estado de Guerra. No lo consiguió y entonces intentó reorganizar una rebelión que tampoco se consumó. Desde el primer momento las derechas se negaron a aceptar la legitimidad de los resultados. Por ello, comenzó a justificar abierta y públicamente un golpe de Estado, preparado desde la primera reunión de Fanjul, Mola y Franco el 8 de marzo. En esos momentos, el único objetivo de la derecha era desestabilizar al gobierno, fabricando un clima de agitación social y malestar, instigando al golpe militar.

En síntesis, la derecha de la CEDA ganó las elecciones mientras estaba gobernando la izquierda, y ésta lo aceptó; pero las siguientes elecciones, de febrero de 1936, fueron ganadas por la izquierda con un gobierno de derechas, y la derecha no lo admitió.

Puede decirse que el gobierno de la República no logró sus objetivos por el acoso que sufrió desde el mismo momento de su proclamación: no tuvo tiempo para gobernar; por las revueltas callejeras de los grupos incontrolados; por la falta de control sobre la Policía y Guardia Civil; por contar con una economía cercana a la quiebra; por desarrollar un conjunto de reformas que resultaron dubitativas y que no consiguieron su objetivo: eliminar la miseria de las capas más bajas, sino que más bien hizo que el caciquismo aprovechase los defectos de ciertas leyes para enriquecerse más aún; y porque la derecha se radicalizó, se convirtió en una máquina obstruccionista y propagandística que aprovechó cualquier problema para atizar aún más contra el gobierno.


El papel de la iglesia católica

La iglesia católica española, casi en su totalidad, apoyó abiertamente el golpe de Estado militar de los sediciosos desde el primer momento, con la excepción del País Vasco. En el Ejército se integraron muchísimos capellanes: tomaron parte activa en la represión, la delación y las denuncias que acababan en pelotones de fusilamiento. La connivencia entre los jerarcas de la iglesia católica y el franquismo fue absoluta, fabricando el llamado “nacional-catolicismo”, con un lema clarificador: “por el imperio hacia Dios”.

La complicidad de la iglesia católica con Franco fue total. Un ejemplo: Franco solía leer las sentencias de muerte después de tomar café, acompañado de su asesor espiritual, el capellán José María Bulart. La complicidad también se hizo patente en los privilegios que Franco ofreció a la iglesia católica, a cambio de enaltecer al régimen fascista desde los púlpitos y altares. Se le aportó dinero, exenciones fiscales, estatutos independientes y el monopolio de la enseñanza primaria y secundaria (El monopolio de la Universidad fue para la Falange). Los privilegios de la iglesia supusieron apartar a 16.000 maestros de sus cargos (muchos fueron ejecutados). Un ejemplo de la “depuración” está en Don Antonio Machado, expulsado del cuerpo de catedráticos de secundaria. La venganza de la iglesia católica se puede constatar en cifras: en 1940 había 119 institutos de secundaria; en 1956 el número era el mismo. No se creó ni un sólo nuevo instituto. Durante ese periodo la natalidad aumentó considerablemente: el incremento de alumnos lo absorbió la iglesia en colegios e institutos privados, donde se imponía el ideario franquista con el lema de “la letra con sangre entra”.

Tal y como John Lynch expone, la Iglesia católica ocupó todos los niveles del poder del Estado: “en órganos laborales, sociales, penales y legislativos a través de capellanes, sacerdotes, frailes, curas y monjas en cárceles y hospitales, de consiliarios en el sindicato único, y de obispos elegidos por Franco en las mismas cortes”. Ese poder nunca decreció: gracias al franquismo, la iglesia católica española es hoy uno de los principales terratenientes del Estado, la segunda mayor propietaria inmobiliaria que existe en España, tan sólo por detrás del Ministerio de Defensa y por delante de la RENFE. La iglesia católica logró enriquecerse en años de hambruna intensa, años en los que, una vez más, la iglesia católica estuvo junto al poderoso y la opulencia contra los pobres y los marginados.

El Estado anterior a 1936 presentaba una fractura entre ricos y pobres, opresores y oprimidos, en una sociedad en la que el rico alimentó deliberadamente el odio contra el pobre, fabricando un desorden social generalizado para justificar una rebelión militar y arrebatarle el poder a la izquierda. En este contexto, la iglesia católica, junto con los sediciosos, era partidaria de sacrificar vidas (las del bando republicano) sobre la base de un valor mayor: el orden.

La iglesia católica fue muy activa en fabricar mentiras y ocultar verdades. El sacerdote Martín Patino, conocido teólogo católico y hombre de confianza del cardenal Tarancón, ha dicho recientemente que el franquismo estuvo “lleno de mentiras, y la Iglesia también comulgó con esas mentiras”. La censura era practicada por curas y militares: se quemaron cientos de miles de libros.

El ámbito de acción no sólo llegó a todos los niveles del Estado, sino que también alcanzó las esferas de lo íntimo y lo privado. El entonces cardenal primado de Toledo, Pla y Deniel, se atrevió a fijar la longitud exacta que debían tener ciertas prendas femeninas, como faldas, escotes o las mangas de las camisas. Desde las altas jerarquías también se fomentó la idea de que la mujer debía quedar reducida a dos únicas funciones: la de ama de casa y la reproductora. Y se orquestaron los “Préstamos a la Nupcialidad” que obligaban a las mujeres a dejar sus puestos de trabajo y crear (como indicaba la propaganda) “familias fecundas para extender la raza por el mundo y crear y sostener imperios”. El sentido fascista que Franco tenía de la raza, le llevó a ordenar rodar una “película” con el título de “Raza”, donde el dictador expone sus delirios nazis. No en vano, en 1940, Franco muy gustoso e ilusionado ofrece un buen número de arqueólogos a las investigaciones que el general nazi Himmler vino a efectuar en las islas Canarias: creía que las islas eran un resquicio de la perdida Atlántida, donde debían encontrarse restos de hombres puros, perfectos, sin contaminación genética, relacionados con la superior raza aria.

La iglesia católica comulgó complaciente con la esclavitud impuesta por el franquismo a cientos de miles de presos, que no sólo beneficiaron a incontables empresas privadas, con mano de obra abundante y gratuita, sino que también benefició a la propia Iglesia Católica con muchas construcciones de iglesias, conventos y monasterios. La complicidad de la iglesia con el esclavismo era tal que el mismo sistema de “Reducción de Penas por el Trabajo” fue ideado por el sacerdote jesuita José Antonio Pérez del Pulgar, personaje cercano a Franco que llegó a manifestar que no era partidario de ningún tipo de piedad. Suyas fueron las palabras: “no puede exigirse a la justicia social que haga tabla rasa de cuanto ha ocurrido”. Buscaba venganza antes que redención, caridad o misericordia.

La actual Conferencia Episcopal Española ha dado suficientes muestras de que no desea ningún tipo de reconciliación, ni tampoco abrir un debate interno en su seno para reconocer el papel que tuvo durante la guerra civil. La Conferencia no ha apoyado las palabras de perdón de su anterior presidente, Ricardo Blázquez. Más bien le ha desautorizado. El portavoz de la conferencia Episcopal le respondía diciéndole que “la iglesia, en la Guerra Civil, fue sujeto paciente y víctima”. Sin embargo “nuestra” Conferencia Episcopal nunca criticó, por ejemplo, la visita de Benedicto XVI a Auschwitz-Birkenau. Allí el Papa se preguntó: “¿Por qué, Señor, has permitido esto?”.

La iglesia católica española aún no ha hecho examen de conciencia. Para la CEE en algunos casos sí es conveniente recordar, aunque no en otros. Véase la última megabeatificación de “mártires” de la guerra civil. Para la derecha, la memoria tampoco supone un problema si se circunscribe sólo a recordar a los Reyes Católicos, o el pasado imperial de Carlos V, o para arremeter contra los árabes por no haber pedido aún perdón a los españoles por la “ocupación” durante ocho siglos de Al-Ándalus. Pero tanto, la derecha como la iglesia católica coinciden en que otros tipos de memoria no son convenientes, porque creen que se reabren heridas, heridas que nunca han estado cerradas. Hay que hacer justicia a la dignidad de muchos demócratas para cerrarlas.

Para la CEE no es conveniente recordar cómo la iglesia amparó y apoyó un golpe de Estado y una dictadura a cambio de privilegios. Pretenden justificarse en la mentira del ambiente anticlerical existente antes de la guerra. Ese ambiente anticlerical fue consecuencia de su posicionamiento junto a los rebeldes. Así, lo demuestra el que la mayoría de los obispos españoles, excepto dos, firmaran una pastoral dirigida por el arzobispo de Toledo, Gomá, en la que califican la guerra civil como una “Cruzada Religiosa”. Su actitud ante las ejecuciones y los asesinatos fue el silencio, la connivencia con los rebeldes. Y el apoyo no fue relativo o de una parte de la Iglesia, se reconoció desde las más altas instancias. El mismo Pío XII, un cripta-nazi, se desentendió de condenar la persecución de los judíos. Y antes, en abril de 1939, cuando ya la guerra terminó y se conocían todas las atrocidades producidas, en una carta pastoral ensalza la figura de Franco por “conducir a España por el seguro camino de su tradicional y católica grandeza”. No obstante y para que no quedaran dudas de la buena sintonía entre el Papa y el dictador, Pío XII concede a Franco el gran collar de la Orden Suprema de Cristo a través del nuncio enviado a Madrid y en presencia del arzobispo de Toledo, Pla y Deniel.

Tal y como indica el historiador Julián Casanova, la iglesia española, casi en su totalidad, justificaba la violencia y las ejecuciones llevadas a cabo por los sediciosos, porque esa violencia “no se hace en servicio de la anarquía, sino en beneficio del orden, la patria y la religión”, declaraba en agosto de 1936 el obispo de Zaragoza, momento en que aún no se conocía el alcance del anticlericalismo. Incluso se opuso a cualquier tipo de mediación o reconciliación, ya que “transigir con el liberalismo democrático (...) absolutamente marxista, sería traicionar a los mártires” (Noviembre 1938, Leopoldo Eijo Garay, dixit; obispo de la diócesis de Madrid-Alcalá). La derecha de hoy, en plena democracia y 70 años después, habla en los mismos términos para justificar sus radicalismos cuando acusa a los que no piensan como ella de “traicionar a los muertos”, en este caso refiriéndose a las víctimas de ETA.

También son innumerables las denuncias en que, con posterioridad a la guerra civil, la iglesia participó. Las denuncias de sus sacerdotes acababan con las víctimas ante pelotones de fusilamiento, víctimas confesadas por sus propios delatores que bendecían los fusilamientos. Era la venganza de los que se decían ministros de Dios. La parte de la iglesia católica que no apoyó la rebelión, como la del País Vasco, fue reprimida con ejecuciones y fusilamiento de sacerdotes por órdenes de Franco (dentro del franquismo también hubo anticlericales, como la del falangista Ramiro Ledesma).

La iglesia católica española ha respondido a la Ley de Memoria Histórica con un proceso de beatificación de 498 españoles, declarados “mártires”. Es evidente que tal número de beatificaciones es una exageración vaticana, una extravagancia al borde de la ridiculez. De la lista de “mártires” se han excluido aquellos que aun siendo religiosos, no estuvieron en el bando sedicioso.

Tal y como indica el teólogo Juan José Tamayo, si no se ha beatificado a otros religiosos asesinados, como Ignacio Ellacuría o monseñor Oscar Romero, o no se reconocen labores como la de Jon Sobrino, tampoco entraría hoy en esa lista el mismo Jesús, pues posiblemente se le acusara de agitador, anticlerical y rebelde con aspiraciones políticas. Piensa este teólogo que la mega-beatificación responde más a “motivaciones políticas que a actitudes evangélicas”, porque no se entiende cómo se han excluido de la lista a los sacerdotes vascos que desaprobaron el golpe de Estado, y que fueron fusilados obedeciendo órdenes de Franco.Algunas voces minoritarias católicas mantienen su dignidad cuando apoyan sin vacilaciones, como la “Asociación Católica Juan XXIII”, la Ley de la Memoria Histórica.


Transición a la democracia

Muerto el dictador, la derecha “acepta” la nueva etapa que lleva a la democracia. Se impone un pacto velado de silencio, a cambio de no torcer de nuevo el camino a la democracia. Ese olvido no fue catárquico, purificador; pero de continuar el silencio sobre el genocidio franquista, se pasaría a consolidar una injusticia indecente. El olvido se ha institucionalizado hasta el punto de que recordar el pasado de “demócratas” como Manuel Fraga, paradójicamente puede ser síntoma de radicalismo.

Después de la transición política se han registrado hechos, impuestos “a la trágala”. Queda claro que la izquierda no se ha curado de sus complejos. En 1987, por ejemplo, la antigua “Fiesta de la Raza”, del 12 de octubre, aún con el nombre de “Fiesta de la Hispanidad” se sigue celebrando ese día, en lugar del 2 de mayo o el 6 de diciembre como se propuso desde muchas instancias y grupos políticos. Hechos como estos, de aparente poca importancia, evidencian la desconfianza hacia la derecha, incluso hoy. El diagnóstico de la situación se llama inmadurez democrática.

Es hora de decir que el franquismo no fue patriótico. El franquismo fue, como indica M. Richards, “la administración de la victoria”. Y la victoria no era posible sin el recuerdo constante, que sirviera al mismo tiempo de exaltación de Franco y de amenaza permanente, para los vencidos.

No podemos pasar 40 años obligados a no olvidar la victoria de los golpistas (más que la victoria franquista, se celebra la derrota de la República), y ahora debamos dar la espalda a cientos de miles de personas perseguidas, represaliadas o asesinadas por defender el orden constitucional y democrático. No podemos admitir que durante la transición se aceptase aquello de “Ahora no procede la reparación de las víctimas”, y que en la actualidad pasemos al “Ya es demasiado tarde”. De no corregir esta deuda histórica, corremos el riesgo de que el futuro califique la situación de “manoseo de la historia” de muchos hombres, mujeres y niños. Sería condenarles de nuevo en un proceso mucho más vergonzoso: se les quitaría la voz desde la democracia por la que lucharon.

En la transición, el silencio fue el precio que los demócratas debieron pagar para evitar una posible nueva sublevación de las derechas. No es esta una idea disparatada: basta con recordar el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. Se aceptaron situaciones vergonzosas, como que el Tribunal de Orden Público siguiese funcionando hasta 1977, hasta seis meses antes de celebrarse las primeras elecciones democráticas después de la guerra civil. En sus 14 años de existencia, el 60 % de las causas instruidas se resolvieron apresuradamente en sus tres últimos años, del 74 al 76. Era un intento desesperado de acelerar todos los procesos de la dictadura pendientes de resolver y abrir otros nuevos antes de la llegada de la democracia, para apartar a determinados izquierdistas y evitar represalias. Hay que desmitificar, por tanto, el espíritu de la transición del que habla la derecha.



La derecha hoy

¿Por qué es tan molesta la Ley de Memoria Histórica para la derecha española? ¿A quién puede molestar una Ley que sólo pretende restituir la dignidad, los nombres y las vidas prohibidas y olvidadas injustamente? ¿Por qué una Ley a la que se tilda de inútil se le hace una oposición tan frontal y activa? ¿Por qué molesta a la derecha, si dicen no ser herederos de la derecha franquista? ¿Por qué está bien recordar selectivamente?, ¿En qué se parece el PP a la derecha europea, cuando ésta no critica en absoluto que se recuerde y se tenga presente el horror del nazismo?

La derecha española no ha ocultado su malestar y sus recelos cuando se califica el franquismo como un régimen fascista, de exterminio. Son un ejemplo desgraciado las palabras del eurodiputado del Partido Popular, Mayor Oreja, cuando refiriéndose al franquismo dijo que no es razonable condenar “un régimen donde hubo mucha gente que lo vivió con extraordinaria placidez”. Otros, como Pío Moa, el ex-terrorista del GRAPO, admirado “ideólogo” ultra, proclama orgullosamente “no condenar el franquismo” porque nos libró de gran cantidad de males.

Al Partido Popular no le sonrojan sus sospechosas contradicciones que únicamente ponen de manifiesto su doble moral. Es muy capaz de pedir la ilegalización de partidos políticos, como es el PCTV y últimamente ANV, por no condenar el terrorismo de ETA –fue el PP el que legalizó al PCTV cuando gobernaba– y negarse a condenar el franquismo y sus crímenes. La derecha se autoproclama demócrata, pero se opone a la Ley de Memoria Histórica que tiene como fin reparar la memoria de los demócratas que murieron por defender la Constitución y la Libertad.

Se ha discutido mucho sobre la utilidad y el sentido de la Ley de Memoria Histórica, pero casi nada sobre sus contenidos literales. Y sólo por los contenidos pueden juzgarse la utilidad o el sentido de la Ley, que pretende:

A.- Devolver la nacionalidad española a los descendientes de los exiliados.
B.- Facilitar la consulta de libros o documentos que contengan actas de defunción.
C.- Despolitizar el Valle de los Caídos.
D.- Localizar y dar sepultura a quienes no se encuentran localizados o en sepulturas individuales o familiares.
E.- Reconocer y habilitar a las víctimas en sus derechos y su dignidad.
F.- Declarar la ilegitimidad de los tribunales, jurados (...) constituidos para imponer condenas por motivos ideológicos.

Tiene, además, un objetivo explícito: que “nadie pueda sentirse legitimado , como ocurrió en el pasado, para utilizar la violencia con la finalidad de imponer sus convicciones políticas y establecer regímenes totalitarios contrarios a la libertad” . Y dice con claridad que “no es tarea del legislador implantar una determinada memoria colectiva. Pero sí es su deber (...) reparar a las víctimas”.

El revuelo levantado por la derecha con la aprobación de la Ley, obedece a una estrategia político-electoral y no a convicciones. Si no fuese así, mucho más revuelo debería haber creado la ley 5/79 de 18 de septiembre de 1979, elaborada por el gobierno de Suárez, hace ya 20 años, recién finiquitada la dictadura. En aquella ley se creaban pensiones, asistencia médico-farmacéutica y asistencia social para los familiares de los españoles fallecidos como consecuencia de la Guerra Civil.


Objetivo de la Memoria Histórica


Tal y como indica el historiador Julián Casanova, es radicalmente cierto que hay un claro desequilibrio de la memoria: mientras unos son olvidados en barrancos y cunetas, a otros se les entierra con honores; mientras a unos se les ha satanizado durante 40 años, a otros se les honra y se les beatifica en el Vaticano… para mayor cinismo, los promotores de este último hecho, solicitan simultáneamente que no se “remueva” la Historia; aunque impulsan la mayor beatificación de la historia de la iglesia católica. Y solicitan que la historia no se remueva, pero exigen la permanencia de todos los monumentos y símbolos franquistas, que glorifican el fascismo y el genocidio franquista contra los que lucharon por la libertad y la democracia. Es evidente que no quieren que se remueva el pasado de los verdugos, que no consideran conveniente remover lo que huele a culpa, complicidad y muerte.

La Ley de la Memoria Histórica intenta recuperar, en la medida de lo posible, la dignidad de los nombres de los olvidados, paso necesario para llegar a la reconciliación. Para eso se debe contar y asumir la verdad, las verdades. El paso aún está por darse: sería un tremendo error no darlo (un error no se elimina con otro error para tapar al primero, un clavo no se saca a martillazos).

Es un error creer, si es que alguien lo cree, que la reconciliación sólo se alcanzará con el olvido, el silencio o la indulgencia. La reconciliación se alcanza por la empatía, el reconocimiento y la asunción sin miedo de los roles. Es una verdadera prueba para comprobar, todos juntos, el sabor de la historia; para comprobar si de verdad nuestra democracia es madura y fuerte. Comprobarlo nos permitirá convivir, sin que nadie pretenda ser el guardián de la Historia.

Dice el poeta Marcos Ana en su libro “Decidme cómo es un Árbol” que “la recuperación de la Memoria Histórica, no es para pedir cuentas a nadie por las responsabilidades personales contraídas en el pasado, sino para situar la Historia en su lugar, arrancar del olvido a nuestras víctimas y cancelar de una vez por todas los procesos y condenas incoados por un régimen ilegal, impuesto por las armas frente a la legalidad republicana. Es decir, que se nos devuelva a los demócratas que luchamos por la libertad, y se haga de manera pública e institucional, el respeto y el reconocimiento que merecemos por nuestra lucha y sacrificio”.


Es justo, ergo necesario

No hay nada que siendo justo sea innecesario, porque lo que se considera justo lleva implícito el mandato y la necesidad de impartirse. La Ley de Memoria Histórica aplica justicia y razón: la hacen necesaria. Se trata de una justicia para eliminar mentiras y propaganda, extendidas durante dos generaciones (40 años de dictadura) contra la España democrática, que sufrió el intento de exterminio y la represión más criminal.

Pero la justicia tampoco es sinónimo de “equidistancia” o imparcialidad. Y esto, porque a veces el que más y el que memos, todos intentamos aparecer como imparciales si nos vestimos de equidistancia, lo cual no deja de ser una artimaña demagógica para intentar convencer a todo el mundo. Pero en casos como estos, donde la realidad es radical y tozuda, esa demagogia más bien no deja satisfecho a nadie ni tampoco convence del todo a nadie. Y ello porque en hechos tan crudos y, como digo, tan radicales, no caben equidistancias o “medias tintas”. Esto es sencillo de entender con esta pregunta: ¿podemos imaginar un Nüremberg equidistante, que diese satisfacción a nazis y aliados, que hiciese decisivo para su veredicto el “lado bueno” de los nazis? La misma pregunta explica y avergüenza.


La venganza puede matar al otro, enemigo o adversario; pero muchas de las veces también auto-destruye. El pasado no puede repararse, pero puede restablecerse… y si puede repararse la memoria de las personas que lucharon por la libertad y la democracia, la memoria de los que sufrieron la brutalidad del franquismo, ¿es venganza el reconocimiento del sufrimiento?


El olvido

Manuel Ortiz Heras dice que “el olvido no es lo contrario de la memoria, sino el antónimo de la verdad”. Estaremos condenados a hablar constantemente del pasado si no se narra lo que realmente fue.

Mientras los soldados italianos que murieron apoyando a Franco tienen cementerios, incluso independientes; mientras en 1939 se concedían subvenciones a la Asociación de Familiares de los Mártires de Paracuellos, y los nombres de esos “mártires” figuraban en los rótulos de muchas calles y plazas; los derrotados tuvieron que literalmente esconder sus lutos, sin poder reclamar a sus maridos, esposas, hijos, hermanos o amigos que yacían muertos en barrancos o en fosas comunes.

El filósofo Walter Benjamin, perseguido por el nazismo alemán, indicaba que cuando lo que se busca es el exterminio, el exterminio no acaba con la eliminación física de los enemigos. El exterminio se produce cuando se logra el olvido absoluto de las víctimas. Así, dice que “El enemigo no descansa con la muerte de las víctimas, sino que se aferra para hacerlas invisibles”. Uno de los principales estudiosos de Benjamin es el filósofo Reyes Mate, que coincide con Benjamin en que el crimen perfecto pasa por el olvido: “La memoria, dice, ni es añoranza, ni es asunto privado, ni es capaz de proporcionar conocimiento (...) Las víctimas son descatalogadas políticamente para que nadie las lamente. Otras veces, son los herederos de los vencedores los que se encargan de fijar una imagen de ignonimia de la víctima para que las generaciones futuras aplaudan la violencia de los abuelos y lo celebran con un gesto heroico” (El País- Opinión- 3.12.07).


¿Demasiado inoportuna?

En una cultura como la occidental, y especialmente en países como España, en el que es normal honrar a los muertos y a los antepasados, resulta chocante y sospechoso que una gran parte de la derecha española quiera negar cualquier reconocimiento a aquellos que dieron sus vidas defendiendo la libertad y la democracia. Esa porción ideológica pone pretextos peregrinos, nada convincentes. Uno de esos motivos que aducen es que ya no tiene sentido hablar de estas cosas o que ya es demasiado tarde. No es tarde si se trata de reparar a los mismos humillados que aún viven, o a sus mismos hijos y nietos, que desean tener una lápida o nicho al que acudir a llevar flores a sus familiares.

Cualquier psicólogo sabe que nuestro cerebro olvida inconscientemente diferentes traumas. Pero esos traumas acaban por enquistarse en el inconsciente hasta el punto de dirigir nuestras conductas y alterar nuestra voluntad, llegando incluso a enfermedades mentales o trastornos más o menos graves si no se saca a la luz, al nivel de la conciencia, el trauma.

La sociedad española tiene el riesgo de enfermar si no se saca a la luz el trauma de la guerra civil y dictadura franquista. De igual forma que el psicoanálisis es capaz de liberarnos de trastornos psicológicos, cuando se revelan datos, traumas o shocks encerrados en el olvido del inconsciente, que pueden estar dirigiendo o determinando la conducta sin la aprobación consciente del mismo sujeto; del mismo modo puede ocurrir que determinados olvidos, en el inconsciente social, pueden crear en el Estado “enfermedades” sociales que acaban determinando o minando la democracia y el Estado de Derecho. Por ello, debemos liberar al Estado de todo aquello que le hizo olvidar por la fuerza, sacando al nivel de la conciencia colectiva todo aquello que se condenó al olvido.

Dice Andrés Devesa (www.Kaosenlared.es 31-05-06) que “desenmascarar a los enemigos de ayer nos puede ayudar a desenmascarar a los de hoy, a reconocerlos como condición previa para combatirlos”. Es decir, cualquier democracia práctica, solidaria y madura, tiene el derecho y el deber de reconocer a sus enemigos del pasado para reconocer a los del presente y los posibles del futuro. Y no puede haber esperanza en el futuro, si cuando éste llegue, no sabemos corregir los errores cometidos en el pasado. El futuro de aquel pasado ya está aquí. El presente sólo tiene un significado pleno, si lo fundamenta un pasado. Es la identidad de la sociedad la que está en juego. Nadie puede decir ser lo que es, si no es capaz de recordar nada de su vida, si no es capaz de recordarse su pasado. No hay identidad sin memoria.

Recordar no es un peligro: el peligro está en los que añoran aquel pasado, solapada o interesadamente. La Ley de la Memoria Histórica pretende despolitizar definitivamente los símbolos del pasado, utilizados para enterrar en el olvido a los vencidos y expulsarles de la historia.


¡Atrévete a saber!


Ignorar lo que realmente ocurrió ¿nos hace más sabios, más ignorantes, más humanos, o más cobardes? ¿Hubiera sido justo, por ejemplo, ocultar y condenar al desconocimiento todos los horrores del nazismo en el supuesto de que ese régimen no hubiera sido derrotado en 1945 y hubiera gobernado 40 años?, ¿El menor número de exterminados por Franco respecto al nazismo o ideologías similares hace mejor al franquismo que al nazismo?

La Ley de la Memoria Histórica condena un régimen que nunca buscó la reconciliación, que buscó la humillación y la vejación de los vencidos. Las derechas españolas, que se autoproclaman democráticas y tolerantes, tienen ahora la oportunidad histórica e irrepetible de acabar con las sospechas que les persiguen por sus posicionamientos; tienen la oportunidad de demostrar sus convicciones democráticas. Porque hoy tiene total vigencia la máxima kantiana de la Ilustración que proclamaba “¡Sapere Aude!” o “Atrévete a saber”. La necesidad de saber, conocer y reconocer el pasado nos hace más humanos.


Santos Ochoa Torres
Miguel Esteban a 7 de mayo de 2008

(Artículo publicado en www.rebelion.org el 09-06-08)